martes, 10 de julio de 2018

UN LIBRO Y UN MÓVIL


Por la mañana, la hora del desayuno. La terraza de un café, una madre y su hija ocupan una mesa. La madre está concentrada en la lectura de un pesado libro que ha abierto por la mitad. La hija se concentra en la pantalla de un móvil y sus dedos saltan nerviosos sobre el cristal. Las observo dos minutos. Dos minutos en los que no se dirigen la palabra, en los que solo importa la descripción de un paisaje o el diálogo entre dos personajes y la nueva fotografía colgada en una red que mendiga un comentario. Me voy.


Quiero pensar que por la noche la madre seguirá atrapada por el grueso tomo que lleva consigo para leer en el desayuno. Quiero pensar que su hija habrá apagado el móvil y que abrirá un libro para perderse en su mundo nuevo antes de dormirse.

domingo, 17 de junio de 2018

PÁGINAS DE MÚSICA Y VIDA. SPITZNAGEL Y SHEFFIELD

A través de su pasión por la música y de la fuerte vinculación de los discos, las cintas grabadas y las canciones con las etapas y momentos más significativos de sus vidas, dos periodistas musicales se han abierto a la confesión y a la nostalgia en sendos libros que he leído este año: Eric Spitznagel en En busca de los discos perdidos (Contra) y Rob Sheffield en Vives en las cintas que me grabaste (Blackie Books). Vivos y cercanos, entrañables y sinceramente emotivos ambos, con lugar para el humor y para la oscuridad de la pérdida y el dolor. Necesarias escrituras y lecturas para quienes no conciben la vida sin las canciones, compañeras de viaje con las que conocerse a sí mismo y hallar respuestas.

Spitznagel se mira en el presente y se compara en el pasado a lo largo del camino que inicia para encontrar los vinilos de los que se deshizo, exactamente las mismas copias que tenía en su habitación, con los mismos cortes gastados en el cartón y las mismas rayaduras en el disco. Su aventura le cruza con el fanatismo del coleccionismo música y le refleja en las inseguridades de la vida adulta.

Sheffield quita el polvo a las canciones grabadas en los casetes que escuchaba con Renée, la esposa que perdió en la plenitud de la vida. “Hay millones de maneras de unirse las personas unas a otras a través de las canciones”, escribe hacia el final, tras curar su dolor con el recuerdo de los conciertos compartidos y las alegrías en común, al compartir el vacío de su soledad y abrirse a un futuro de esperanza en el que le acompañará la magia del pasado.

martes, 29 de mayo de 2018

EL TALENTO DE MRS. HIGHSMITH


Acudo a ella cada año, o casi. He leído la mitad de su obra. Sus tramas me encadenan con fuerza y tardo en escapar de sus nudos después de cada desenlace. Sus retratos profundos y precisos de la morbosidad humana proyectan reflejos de nuestros lados oscuros que me producen escalofríos y me sonrojan. Patricia Highsmith es de mis autoras favoritas. Su obra, su figura, su sello y su huella dejan en ridículo (con todo el respeto) a no pocas escritoras (y escritores) surgida(o)s en los últimos años bajo el siempre atractivo (y también decepcionante por encorsetado y reiterativo) paraguas de la novela negra.

De tan negra que es, negrísima, Patricia es malvada, cruel con sus personajes débiles y despiadada con sus lectores. A sus ojos, bajo su pluma, la moral queda enterrada por turbia finalidad de nuestros más radicales vicios. Este año he vuelto a Tom Ripley y me he decidido por su presentación, allá por 1955: A pleno sol, El talento de Mr. Ripley en su título original. Veía a Alain Delon y a Matt Damon en sus versiones para el cine mientras me devoraban los engaños y argucias de la trama urdida por el talento de Mrs. Highsmith. Maestra, dama y reina negra inigualable. Creo que este año repetiré.

jueves, 3 de mayo de 2018

NADANDO, BEBIENDO


En una acogedora librería de Amberes (un precioso templo nuevo, no se trataba de un vetusto palacio del saber con libros y muebles carcomidos) me hice con un librito de relatos de John Cheever. Digo librito porque no era una de sus colecciones amplias de cuentos, sino una edición especial de la editorial Vintage que con un asunto general como temática (amor, guerra, amistad, depresión, libertad, injusticia, comida, bebida…) reúne en cada ejemplar un puñado de textos del mismo autor en poco más de 100 páginas. El libro de la bebida tiene como autor a Cheever, bebedor crónico de una clase media americana anclada en la rutina despiadada de los suburbios hasta pocos años antes de su muerte. Me reencontré por tanto con El nadador (y descubrí otros devastadores relatos suyos sobre la condena del alcohol), que releí en otro idioma para ahogarme en las penas destructivas del abuso de la bebida.

Cheever pensó primero en escribir una novela con el argumento de El nadador, el regreso a casa de un hombre nadando en las piscinas de sus vecinos y bebiendo en sus jardines en un mismo día, pero la historia se publicó en The New Yorker como relato. En 1968 se estrenó una adaptación cinematográfica con Burt Lancaster como protagonista y dirigida por Frank Perry y un no acreditado Sydney Pollack. El texto, retomado hoy, me causó tanto dolor y a la vez horror como la primera vez. Su premisa surrealista transporta el fondo de la historia a los escenarios pegajosos a los que tanto acudía Cheever: hastío en la convivencia, escapismo etílico, inevitable soledad, vulnerable desolación de la condición humana.