miércoles, 2 de agosto de 2017

TAN POCA VIDA, TAN EXTENSA NOVELA


Este post retoma otro publicado a finales de mayo, cuando empecé a leer Tan poca vida, una aclamada novela de Hanya Yanagihara de 1.004 páginas que hizo que me preguntase hasta qué punto es necesario escribir tanto, contar tanto. El libro, finalista del Man Booker Prize en 2015, una de esas obras vastas en volumen y trascendencia argumental, me costó terminarlo (hace una semana) por varias razones. Por su extensión y por la dureza de la historia que cuenta, principalmente. ¿Grata experiencia? No ¿Ingrata? Tampoco.


A ver, tratando de no estropear nada a los más atrevidos e interesados: cuatro amigos a lo largo de unos cuarenta años en Nueva York, ambiciosos, exitosos, unidos unos y distanciados otros; uno de ellos, el principal personaje, sobrevive a una infancia atroz, insoportable e inhumana, y progresa brillantemente pero se autolesiona de forma compulsiva hasta límites intolerables a consecuencia de los horrores que ha padecido y de los miedos que le asaltan en la vida adulta.


Mil páginas son, en este caso, excesivas. Eso creo. La autora, hábil, cruda y a la vez sensible, peca de reiteraciones al profundizar en el dolor que arrastra su protagonista y se regodea con repeticiones en el detallismo de sus relaciones personales más cercanas. También parece exagerar al describirnos seres demasiado bondadosos y tipos asquerosamente deleznables. Tremendamente dura es la historia como para alargarla hasta el incómodo cansancio.

jueves, 13 de julio de 2017

EL TRONO DE NABOKOV


Empecé a leer a Vladimir Nabokov en los años noventa, a comienzos de aquella década y en el inicio de la edad universitaria. Empecé con Lolita, claro, por la celebridad de la novela y la seducción de su icónico personaje en la libido de no pocos hombres de no pocas edades. Humbert, Dolores Haze y la prosa estilizada y caprichosa de Nabokov, su preciosismo prestidigitador, me hechizaron entonces, como el chico impresionable que yo era en estado de hipnosis. Después leí El ojo, y Pnin, y La verdadera vida de Sebastian Knight, las tres en poco tiempo. Más tarde seguí con Mashenka y Risa en la oscuridad, divinidades que me fascinaron. Y Pálido fuego, que la sufrí. Pasaron años, el efecto seductor de su obra menguó un poco al atreverme con la densa, laberíntica y plomiza Ada o el ardor, que a ratos me pareció desesperante. Y más tarde, con años de distancia, continué con Desesperación y Barra siniestra. Hasta 15 libros del maestro ruso que adoptó América y algunos relatos de un voluminoso tomo de cuentos que aún no he terminado pasaron por mi mesilla de noche y mi mochila viajera. Hoy vuelvo a él sin motivo concreto. Con La defensa, atrapado en las prodigiosas evocaciones que desprende su prosa prodigiosa, la que siempre me ha hecho creer que el condenado maestro ha dominado a los lectores que lo admiran varios peldaños por encima.

domingo, 25 de junio de 2017

EL SER HUMANO AL DESNUDO. EL MOTEL DEL VOYEUR

Habréis leído algo de esta historia. Gay Talese mantuvo contacto durante varios años (desde 1980) con el propietario de un motel en las afueras de Denver que le confesó que había instalado un sistema de observación en gran parte de las habitaciones a través del que, escondido en los techos, espió a sus clientes durante más de dos décadas (desde mediados de los años setenta). Desde una plataforma elevada observó por una falsa rejilla de ventilación a parejas, matrimonios, extraños y amantes que se amaban, peleaban, ignoraban o se aburrían en las habitaciones durante unas pocas horas de sus vidas. Y la vida y las vidas seguían sus cursos fuera del motel. Una vez presenció un asesinato. Talese (y su protagonista que lo consiente) lo cuenta en El motel del voyeur, obra que no ha visto la luz hasta este año.

El espionaje sexual, abundante y de variada modalidad, no es el aspecto más perturbador ni sugerente de los archivos escritos de Gerald Foos, sino la revelación de los aspectos más mezquinos, sórdidos, desoladores y a veces simplemente comunes y cotidianos que él presenció y que los demás, nosotros los humanos, nos guardamos en la intimidad de nuestras vidas, en el escondrijo pasajero que puede ser una habitación de motel. La hipocresía, la falsedad, la ignorancia, la soledad, la incomunicación. Desde los techos lo presenció y se lo quedó para sí, sin contárselo a nadie hasta que se lo dio a leer a Talese.

Foos fue testigo de los cambios de hábitos sexuales en la Norteamérica de los setenta y ochenta a través de las costumbres y encuentros de sus clientes, pero sobre todo fue un observador pesimista del comportamiento humano que le llevó a desconfiar de la gente y a aislarse. En su ancianidad, retirado de los moteles y del voyeurismo, reflexiona (y nos empuja a hacerlo) sobre la inofensiva picardía de sus actos y la sospechosa justificación de otro tipo de observación pública. Su obsesiva afición y adicción solo buscó su propia satisfacción sin dañar nunca a ninguno de sus clientes observados. ¿Merece la censura ese espionaje privado con el ojo continuo con el que los gobiernos y el sistema nos miran y controlan (internet, redes sociales, correos electrónicos, drones, cuentas bancarias, cámaras de vigilancia) sin nuestro consentimiento y dejándonos a merced del uso que les plazca?

miércoles, 7 de junio de 2017

UNA VIDA. MI MADRE

Yo, tú, nosotros, nuestras familias, los vecinos, la gente que nos acompaña a diario en el trabajo o de camino al trabajo… quizá merezcamos unas líneas que pasen por nuestras vidas, por estas nuestras vidas que puede que no sean dignas de comentario, por momentos y experiencias carentes de sacrificios, gloria, grandes esfuerzos o heroicidades. Podemos contar nosotros esas vidas o dejar que las cuenten por nosotros, desde el anonimato que nos cobija o en la escritura de quien llegue mucho más allá de la privacidad, de quien dé luz a nuestras vidas contadas. Para que alguien sea conocedor de ellas, para que rindamos cuentas con nuestro pasado.
 
Richard Ford escribió el texto autobiográfico Mi madre en poco más de 70 páginas. Las suficientes para contar magistralmente la larga vida triste, anodina, más bien vacía, conformista de su madre; alguien a quien la maternidad le llegó de sorpresa sin estar nunca preparada para la felicidad, pero una madre, una madre, a la que decir 'te quiero'. Por esas pocas páginas, en las que el autor admite no recordar o no conocer detalles de su madre y de sus padres que en realidad poco importa saber, se deslizan silenciosas, atrapadas por los ambientes que Ford describe en relatos como los de Rock Springs o novelas como Canadá, salpicaduras de la vida de una madre a los ojos de su hijo, desde los primeros viajes en coche a las necesidades finales de cuidados, la distancia y el abrazo. Suficiente para comprender la misteriosa verdad de las cosas que importan.

viernes, 26 de mayo de 2017

HISTORIAS QUE GUARDAN LOS CAJONES

Hoy hubo tarea de orden en casa: recolocar y desechar, y de paso doblar, colgar y encajar, además de apartar y arrojar a la basura o destinar a la donación. Más de una vez nos detuvimos en los bordes de una prenda o en el diseño de otra; comprobamos el desgaste de un abrigo o nos dimos cuenta de que ya no tiene sentido guardar esos pantalones en el fondo del armario. Nos desprendimos de tres bolsas grandes y pesadas, tres bolsas cargadas de historias escritas en la ropa o en un objeto (unas gafas, un colgante, unos pendientes): en qué momento y lugar compramos ese jersey o esa camiseta, cuándo la vestimos por primera vez, a quién sedujimos con ella puesta, a qué lugares viajamos, con cuántas manchas de vino o chocolate la manchamos, a quién se la prestamos para dormir una noche a nuestro lado… Cada prenda tenía una historia o varias que contar, verdades que se pierden o que guardamos para siempre.

Estoy leyendo un libro de 1.000 páginas, Tan poca vida, una novela. Estoy cerca ca de la 300 y me he preguntado varias veces si es necesario llegar tan lejos, si no podrían haberse ahorrado algunos tramos. Me gusta el libro, tira levemente de mí sin llegar a atraparme, aunque me temo que me pasearé por más fases que hagan que me pregunte por qué tanto…

De paso por la librería de viejo, dejo un lote de tomos que me estorban con los que obtendré lo que me dé para comprarme una obra de primera mano y de paso me llevo dos obritas cortas, ejemplares que alguien también trajo aquí para darles otro uso, otra nueva vida, otra historia escrita en el tiempo en que permanecieron en las estanterías de un dueño y atrajeron polvo entre libros viejos hasta volver a ser posesión de alguien. La historia se repite.

martes, 2 de mayo de 2017

DE ALABANZAS Y BARES

El año pasado empecé un libro de seiscientas y pico páginas y me bajé superadas las doscientas. No suelo cortar las lecturas para no volver más a ellas, pero me sentía insultado. A alguien, un indocumentado publicista, se le ocurrió disparatadamente comparar al autor con Philip Roth y Nabokov (sí, seguro). Mientras se hacían más fuertes mis insultos al autor aumentó la impresión de que si continuaba metido en una trama que según avanzaba se hacía más absurda, mi inteligencia (que por lo menos es digna de respeto) acabaría dolorosamente maltratada. El libro era un superventas de misterio de unos pocos años atrás, con el detalle de una pintura de Hopper en la colorida portada, al que precedían unas gloriosas alabanzas publicitarias que a día de hoy me cuesta dar crédito.

De alabanzas hablamos a propósito de otro libro. Que Baricco diga del autor de una novela que es “un talento inconmensurable” no me hace dudar de su palabra. Que Salter pensase que lo que había leído le parecía “un libro maravilloso”, me convence menos. ¿Son ciertos, en verdad se dijeron estos entrecomillados, o los editores necesitan calificativos de impacto en boca de plumas reconocidas para vender mejor sus novedades? Debemos creer que sí, que eso se dijo. También un par de reseñas escritas en páginas culturales elevaban a los cielos esa novela, la obra autobiográfica de un periodista premiado con el Pulitzer, apoyo cercano en las memorias narradas de un famoso tenista norteamericano. ¿Suficiente historial y atractivo profesional como para que a los lectores de cualquier rincón del mundo les interesen sus años de atribulada niñez, sus aflicciones por la ausencia de un padre, sus erráticas experiencias universitarias, su formación como informador y, sobre todo, su fascinación celestial por el universo idílico del bar en el que trabaja su tío y conviven en la barra sus peculiares clientes y amistades y donde el chico se convierte en hombre a golpe de whiskies y cervezas?

Yo no conecto con este chico vaya, un agónico constante, un doliente desorientado, un pobre inmaduro… un autor también pobre. No vislumbro grandes esperanzas en este bar decorado con idealismo simplón. Será que no tengo una arraigada cultura de bar, aunque en más de una ocasión haya dejado caer alguna pena sobre la barra, alguna confesión de madrugada, por más que haya escrito reflexiones ilegibles en servilletas de papel y me haya abrazado al barman.

Acabaré la lectura, sí, porque es más corta que la que aborté el año pasado aunque se me haga tan larga y solo me quedan unas 50 páginas para el final de un libro incomprensiblemente alabado.

sábado, 22 de abril de 2017

NUESTRO DÍA DEL LIBRO


Quizá quiso un astro o una concentración de factores zodiacales que el Día del Libro de hace seis años se consumara con hechos inevitables la relación de entendimiento que mantenía con quien ahora me soporta y comprende todos los días. ¿Qué leía yo entonces? ¿Por qué páginas navegaba ella? No llega nuestra memoria a una respuesta. Pasados los años, cada 23 de abril a un beso de conmemoración le acompaña un libro regalado. Creo que ese libro, y tantos otros entregados otros días de cada año, es una de las razones de que nos sigamos llevando bien.


Ya escogí uno para regalar mañana, uno que tenía en mente, uno entre muchos que me pedían desde las mesas y los estantes de las estanterías que me los llevase a casa. Ojalá le guste. Ella escogió también el mío. Me gustará cual sea. Estos días siento que necesito abrir libros y no salir de ellos, apagar la luz a todo cuanto hay fuera de ellos.