viernes, 20 de octubre de 2017

LOS RELATOS INVISIBLES DE ALICE MUNRO



Leer a Alice Munro me deja como suspendido en el tiempo, sobre una nube que no sé muy bien si es el lecho de una imaginación o de un sueño. Sus relatos (casi la totalidad de los libros de Munro se componen de relatos) son piezas brillantes que captan estados de ánimo, inquietudes o nostalgias sostenidas en detalles y silencios, narraciones que saltan entre momentos sobre aspectos o relaciones en apariencia cotidianos y menores pero de gran significancia, retratos sobre gente común y anónima dignificadas por esfuerzos y sacrificios. Da la sensación a veces de que de la nada la premio Nobel crea una bella historia. Pero al poco de terminar de leer sus cuentos ya no recuerdo casi ningún aspecto de ellos, o ninguno, que esas historias se diluyen y se escapan hacia otra nube imaginaria. No dejo de preguntarme si esto es positivo o negativo. Pero sigo leyendo a Alice Munro, al menos una vez al años: Mi vida querida, La vista desde Castle Rock, Secretos a voces

jueves, 5 de octubre de 2017

UN BUEN ESCRITOR. ISHIGURO

A estas alturas de la historia me contento con permanecer colgado del libro sin ganas de bajarme. Quiero seguir dentro de los hechos que van más allá del punto final y convivir más horas con los hombres y mujeres que he conocido desde la primera línea. Cuando acabe todo los llevaré aún dentro como elementos de comparación, razón de preguntas y espejo de respuestas.

Me basta con quedarme con estas atracciones y expandir mi imaginación y guardar un tiempo mis reflexiones en la intimidad de mi silencio para darle a un libro el juicio que para mí es más válido. Si alguien transmite ese poder y hasta mí llega, eso es obra de un buen escritor. En mi opinión, un buen escritor. Es para mí la equivalencia a las justificaciones profundas y alcances trascendentes que explican la concesión de premios supremos o grandes distinciones.
Me gustan los libros que he leído de Kazuo Ishiguro: Los restos del día, Nunca me abandones y Nocturnos. Me alegro por que se le otorgue el Nobel de Literatura a un autor cuya literatura me ha hecho pasar un rato largo de provechosa satisfacción, con esos deseos de mantenerme al lado de sus personajes haciéndome preguntas y buscando sus respuestas.

martes, 12 de septiembre de 2017

LEER OTRA VEZ

Me preguntan si he leído algún libro más de una vez. Veamos, que recuerde, cuento tres nada más a los que he dado una segunda lectura, releídos a una edad distinta de la primera vez o en otro idioma; obras que nos fascinaron o conmovieron tremendamente al principio y de las que queremos comprobar la persistencia de su poder, la durabilidad de su hechizo. Entonces me pregunto por qué guardamos tantos libros en nuestras casas, centenares, para no volver a abrirlos más. Para sentirnos orgullosos de nuestras propiedades o para conservarlos para prestarlos a quien merezca leerlos o para mantener presente, ahí quietos y cerrados, el recuerdo del placer, la indiferencia o el tedio que nos proporcionaron en su momento. 

Mientras, con un tercio leído de un libro de casi mil páginas en las manos del que estoy disfrutando, las estanterías continúan llenándose.

domingo, 27 de agosto de 2017

EL MUNDO QUE GIRA

“La literatura puede recordarnos que no toda la vida ya ha sido escrita, sino que todavía hay muchas historias que contar”.

Como en las primeras películas de Alejandro González Iñárritu, el novelista irlandés Colum McCann conecta y entrelaza con mayor o menor distancia historias y personajes distintos alrededor de un motivo. En las dos obras que he leído, Transatlántico y Que el vasto mundo siga girando, hay un elemento o una situación central sobre la que se mueven, entran y salen, se acercan y se separan, perviven a lo largo del tiempo o se producen en un momento determinado varias acciones y personas: en Transatlántico era una carta que cruza el océano hasta ser leída cien años después de haber sido escrita, en Que el vasto mundo siga girando, el paseo que Philippe Petit dio sobre un cable entre las torres del World Trade Center de Nueva York en 1974.

Esta novela, ganadora del National Book Award en 2009, cruza líneas argumentales poco antes, durante y poco después del asombroso paseo de Petit (el universo particular del funambulista se intercala brevemente), historias marcadas por la pérdida y las perdiciones, por la obsesión y la soledad: un sacerdote que salva prostitutas y se enamora de una madre soltera, una testigo de un accidente mortal, madres que lloran a sus hijos muertos en Vietnam, una mujer sola y Petit desde allá arriba desafiando la naturaleza y entregado a su forma de vida.

La habilidad de McCann para unir situaciones con sutileza y credibilidad se acompaña de una descripción dura y sin concesiones del Nueva York de los años setenta, del desgarrador y a la vez entrañable Bronx en concreto, donde sus personajes viven y sobreviven entre la sordidez y la esclavitud de sus condiciones sin apenas asomo de esperanza. El fresco urbano e interior en que se convierte la lectura es este libro son propios de una obra de una brillantez colosal.

miércoles, 2 de agosto de 2017

TAN POCA VIDA, TAN EXTENSA NOVELA


Este post retoma otro publicado a finales de mayo, cuando empecé a leer Tan poca vida, una aclamada novela de Hanya Yanagihara de 1.004 páginas que hizo que me preguntase hasta qué punto es necesario escribir tanto, contar tanto. El libro, finalista del Man Booker Prize en 2015, una de esas obras vastas en volumen y trascendencia argumental, me costó terminarlo (hace una semana) por varias razones. Por su extensión y por la dureza de la historia que cuenta, principalmente. ¿Grata experiencia? No ¿Ingrata? Tampoco.


A ver, tratando de no estropear nada a los más atrevidos e interesados: cuatro amigos a lo largo de unos cuarenta años en Nueva York, ambiciosos, exitosos, unidos unos y distanciados otros; uno de ellos, el principal personaje, sobrevive a una infancia atroz, insoportable e inhumana, y progresa brillantemente pero se autolesiona de forma compulsiva hasta límites intolerables a consecuencia de los horrores que ha padecido y de los miedos que le asaltan en la vida adulta.


Mil páginas son, en este caso, excesivas. Eso creo. La autora, hábil, cruda y a la vez sensible, peca de reiteraciones al profundizar en el dolor que arrastra su protagonista y se regodea con repeticiones en el detallismo de sus relaciones personales más cercanas. También parece exagerar al describirnos seres demasiado bondadosos y tipos asquerosamente deleznables. Tremendamente dura es la historia como para alargarla hasta el incómodo cansancio.

jueves, 13 de julio de 2017

EL TRONO DE NABOKOV


Empecé a leer a Vladimir Nabokov en los años noventa, a comienzos de aquella década y en el inicio de la edad universitaria. Empecé con Lolita, claro, por la celebridad de la novela y la seducción de su icónico personaje en la libido de no pocos hombres de no pocas edades. Humbert, Dolores Haze y la prosa estilizada y caprichosa de Nabokov, su preciosismo prestidigitador, me hechizaron entonces, como el chico impresionable que yo era en estado de hipnosis. Después leí El ojo, y Pnin, y La verdadera vida de Sebastian Knight, las tres en poco tiempo. Más tarde seguí con Mashenka y Risa en la oscuridad, divinidades que me fascinaron. Y Pálido fuego, que la sufrí. Pasaron años, el efecto seductor de su obra menguó un poco al atreverme con la densa, laberíntica y plomiza Ada o el ardor, que a ratos me pareció desesperante. Y más tarde, con años de distancia, continué con Desesperación y Barra siniestra. Hasta 15 libros del maestro ruso que adoptó América y algunos relatos de un voluminoso tomo de cuentos que aún no he terminado pasaron por mi mesilla de noche y mi mochila viajera. Hoy vuelvo a él sin motivo concreto. Con La defensa, atrapado en las prodigiosas evocaciones que desprende su prosa prodigiosa, la que siempre me ha hecho creer que el condenado maestro ha dominado a los lectores que lo admiran varios peldaños por encima.

domingo, 25 de junio de 2017

EL SER HUMANO AL DESNUDO. EL MOTEL DEL VOYEUR

Habréis leído algo de esta historia. Gay Talese mantuvo contacto durante varios años (desde 1980) con el propietario de un motel en las afueras de Denver que le confesó que había instalado un sistema de observación en gran parte de las habitaciones a través del que, escondido en los techos, espió a sus clientes durante más de dos décadas (desde mediados de los años setenta). Desde una plataforma elevada observó por una falsa rejilla de ventilación a parejas, matrimonios, extraños y amantes que se amaban, peleaban, ignoraban o se aburrían en las habitaciones durante unas pocas horas de sus vidas. Y la vida y las vidas seguían sus cursos fuera del motel. Una vez presenció un asesinato. Talese (y su protagonista que lo consiente) lo cuenta en El motel del voyeur, obra que no ha visto la luz hasta este año.

El espionaje sexual, abundante y de variada modalidad, no es el aspecto más perturbador ni sugerente de los archivos escritos de Gerald Foos, sino la revelación de los aspectos más mezquinos, sórdidos, desoladores y a veces simplemente comunes y cotidianos que él presenció y que los demás, nosotros los humanos, nos guardamos en la intimidad de nuestras vidas, en el escondrijo pasajero que puede ser una habitación de motel. La hipocresía, la falsedad, la ignorancia, la soledad, la incomunicación. Desde los techos lo presenció y se lo quedó para sí, sin contárselo a nadie hasta que se lo dio a leer a Talese.

Foos fue testigo de los cambios de hábitos sexuales en la Norteamérica de los setenta y ochenta a través de las costumbres y encuentros de sus clientes, pero sobre todo fue un observador pesimista del comportamiento humano que le llevó a desconfiar de la gente y a aislarse. En su ancianidad, retirado de los moteles y del voyeurismo, reflexiona (y nos empuja a hacerlo) sobre la inofensiva picardía de sus actos y la sospechosa justificación de otro tipo de observación pública. Su obsesiva afición y adicción solo buscó su propia satisfacción sin dañar nunca a ninguno de sus clientes observados. ¿Merece la censura ese espionaje privado con el ojo continuo con el que los gobiernos y el sistema nos miran y controlan (internet, redes sociales, correos electrónicos, drones, cuentas bancarias, cámaras de vigilancia) sin nuestro consentimiento y dejándonos a merced del uso que les plazca?