martes, 5 de noviembre de 2019

LAS PREGUNTAS DEL JOVEN COETZEE

"¿Es ese su problema, así de simple: que todo este tiempo ha sobrestimado su valía en el mercado, engañándose con la idea de que le correspondían las escultoras y las actrices cuando en realidad le corresponde la maestra de guardería del piso de protección oficial o la aprendiza de la zapatería?"

Es raro no sentirse en la piel de J. M. Coetzee en los años que rememora en Juventud, la segunda entrega de sus memorias noveladas, en las que sus días en Londres tras abandonar Ciudad del Cabo y una distante relación familiar, al poco de pasar de los 20 años, revelan al joven ambicioso y decidido pero también inseguro y descentrado que, en el fondo, hemos sido todos. Si algo sobresale en esta obra, este sumergimiento en los deseos, vocaciones, miedos y rutas variables de la juventud, son las numerosas preguntas que el autor se hace a lo largo del relato. Preguntas sobre lo universal y sobre lo mundano, desde lo trascendente a lo insignificante; sobre aquello a lo que me quiero dedicar y entregar, sobre a quién quiero encontrar, sobre un país en conflicto consigo mismo y una persona que no se encuentra a sí misma. 

Coetzee intercala sus preguntas, las que todos nos hemos hecho cuando no sabíamos aún ni quieres éramos ni qué queríamos para todo cuanto nos esperaba, con escenas vividas en aquellos años, a mediados de los sesenta, en un Londres gris pero seductor que crees que te va a conquistar y a definir pero que en realidad te convierte en el más anónimo de sus seres anónimos. Juventud (escrito un año antes de que su autor recibiese el Nobel de Literatura) son las memorias que todos guardamos desde hace tiempo en el cajón.

lunes, 28 de octubre de 2019

REPORTAJES LITERARIOS

Hoy que apenas leemos (dicen, decimos), que entramos en los periódicos sin mancharnos los dedos de tinta, que vemos los titulares de prensa en las redes sociales de cada medio sin llegar a la explicación del subtítulo, que con la rueda del ratón o las yemas de los dedos invertimos uno o dos minutos en saber qué nos cuentan los diarios con el esfuerzo y la mecánica de sus trabajadores... reivindico el gran reportaje, esas piezas trabajadas y bien ilustradas que alimentan los suplementos del domingo, el reportaje largo con que nos deleitan publicaciones especializadas y que, lamentablemente, las prisas y urgencias de cada día nos impiden saborear con detenimiento y placer.

Hay libros que son grandes, extensos reportajes. Algunos son obra de autores con vocación y permanente espíritu periodísticos. El periodista de raza (hoy en extinción) divisa el libro-gran reportaje como el culmen de su carrera, una utopía genorosa, alcanzable, que le premia con una gloria perpetua o efímera no exenta del riesgo de causarle un ahogo. Algunos textos de Carrere, por ejemplo, son magistrales investigaciones periodísticas, aunque no lo parezcan. Y ahora paseo por los reportajes publicados hace 40 y 50 años por Tom Wolfe que reúne el libro Las Décadas Púrpuras, como hace un año lo hice por los turbulentos Ejércitos de la noche de Norman Mailer.

Ojo, que Wolfe, con todo ese prestigio y nombre que lo visten (como a su odiado Mailer), es un diablo esquivo, un mago desconcertante del lenguaje que juega a su capricho con lo que ve, oye, huele, siente e intuye como halcón sagaz que se echa encima de su presa. Wolfe mola pero agota, al tiempo que puedes reverenciar una ingeniosa observación, un mordaz ataques (magníficos sus ensayos La palabra pintada y ¿Quién teme al Bauhaus feroz?) maldices sus bromas y excesos. Es raro no quedarse en fuera de juego con sus juicios y visiones. Trabajó y vivió en la cumbre. Creo que conviene bajarlo unos peldaños, sin dejarlo desprovisto de sus impecables trajes.

lunes, 14 de octubre de 2019

REENCUENTRO CON MR. GREENE

El tercer hombre es una de las primeras lecturas que recuerdo. Era una de las primeras entregas de una colección de obras policiales y de suspense que cada semana tenía en el quiosco y me compraba mi madre, Círculo del Crimen. Cada título tenía unas pocas ilustraciones que te ayudaban a ponerte en situación y a entrar en el clima de lo que leías. Guardo en el trastero unas cien obras encuadernadas de aquella serie, de las que he leído algunas, no muchas la verdad, aunque pude descubrir a estimulantes autores como Le Carre, William Irish, Ross McDonald, Spillane o Georges Simenon. Con los años, volví a leer alguna vez a Graham Greene (Brighton Rock, El fin del romance), y ahora ha caído en mis manos, escondido entre tomos amarillentos en una librería de viejo, una recopilación de relatos del autor inglés de lo más interesante.

Bajo el título El ídolo caído y otros relatos se reúnen piezas singulares de Greene, unas extrañas e impredecibles, otras olvidables. Los temores a la oscuridad, nostálgicos recuerdos, misiones criminales, viejas películas clandestinas y surrealistas castigos fisiológicos sirven de escueto argumento de algunas de esas historias. El autor, del que acabaría viendo unas cuantas películas basadas en su obras (Nuestro hombre en La Habana y El americano impasible, entre ellas), posee, como muchos otros hábiles narradores británicos, la virtud de acomodarse en una especie de estilo sin estilo, una rara cualidad de otro tiempo que hace primar la naturalidad y el apego, sin renunciar a un sutil aura evocador.

domingo, 13 de octubre de 2019

LOS NOBEL Y YO

Sin imperativos, sin encomiendas, los premios Nobel de las letras me invitan a conocer, o a profundizar, o a descubrir. Y sigo, o renuncio, o confío, o descarto. Nadie obliga a nada. ¿Quién es Olga Tokarczuk? ¿Quién es Peter Handke? A la primera no la conozco. Al segundo sí: de no convencerme ha pasado a no gustarme, perdido en los grises laberintos de la incomunicación.

Un repaso personal. Una vez un amigo con el que comparto el vicio perdurable de la lectura me dijo que en realidad habíamos leído pocos premios Nobel; mi caso le da la razón: 112 autores y autoras han recibido el galardón desde 1901 y yo he leído al menos una obra de 26 (de Kipling a Handke), lo que representa solo el 23% de los premiados. Cuánto hemos leído y cuánto nos falta por leer.

John Steinbeck es el Nobel en el que más he profundizado, y también he entrado en unas cuantas obras de Faulkner, Thomas Mann, Ishiguro, Cela, Modiano, Alice Munro, Hesse y Vargas Llosa. Después de haber probado con un título de Heinrich Böll y Orhan Pamuk, volveré a ellos; pero me ha bastado uno de Toni Morrison y Doris Lessing para no volver a intentarlo. Y espero, algún día, conocer a Kertesz, Pasternak y Seanus Heany para descubrir nuevos mundos de historias y palabras.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

CORAZÓN GIRATORIO: LA CRISIS, LA TRISTEZA


Me estreno en Sajalín Editores con el irlandés Donal Ryan y su demoledora Corazón giratorio. Novela de las que el rastro te sigue unas horas más tras dejar la última página.

Apuntes:

La editorial barcelonesa tiene por gusto dar a conocer obras nunca antes traducidas al castellano, parte de ellas firmadas por autores malditos, con biografías marcadas por los conflictos con la ley y los fantasmas de un pasado sombrío y problemático; salvo uno o dos casos, y con no más de dos detalles, no conocía nada de estos escritores.

Pasé unos días en Irlanda, en Dublín y alrededores, y quería leer algo irlandés. No me apetecían redes ni laberintos de Beckett o Joyce, me tengo muy leído a Banville, prefería algo nuevo, crudo y muy autóctono: y acierto en la apuesta. Este libro fue finalista del premio Booker en 2012.

La obra:

Ryan sitúa Corazón giratorio en el núcleo de la crisis económica irlandesa, hace casi una década, a través de una veintena de monólogos de distintos personajes que habitan un pueblo gris y chismoso, con padres sin alma e hijos sin rumbo, madres desoladas e hijas vacías. Sin esperanza en el futuro, en un presente negro. El autor enlaza las piezas sin artificios, con la naturalidad con que se unen los vínculos en comunidades pequeñas, habilidoso para traducir las miserias y las palabras de jóvenes y mayores, de niños inocentes y seres sin luces. Con un crimen, un secuestro, una tragedia y el drama de la pobreza y el paro en menos de 180 páginas de profundo interlineado. Magnífica novela.

domingo, 4 de agosto de 2019

AMÉLIE

Puede ser que a veces nos puedan extraños prejuicios sin fundamento. Que nos hartemos de una imagen sin analizarla detenidamente; de un artista, de un concepto, una tendencia. Todo precisa más que una mirada superficial. Me pasa que me he hartado un poquito de ver cómo cada año Amélie Nothomb tenía una novelita nueva en las librerías, con ella, como casi siempre, como imagen de promoción de sus obras; ella y sus sombreros de otra dimensión, con su aspecto siniestro entre Mary Poppins y la Helena Bonham Carter sórdida de las películas de Tim Burton. Y el caso es que lo que he leído de ella no está nada mal, nada de otra galaxia pero más que correcto, apetecible en principio pero no del todo redondo ni en su exposición ni desenlace. Es de esa(o)s autora(e)s que me da pereza continuar porque me dejan a medio camino, sin hambre ni sed. 

He leído tres obras suyas, de la casi treintena que la tiene. Para quienes la conozcan y hayan leído de una manera próxima a la mía y tengan las mismas dudas, les recomiendo Antichrista, una perversa mirada metafísica sobre sí mismos en esa incierta posada de paso que es la adolescencia.

martes, 9 de julio de 2019

JUSTICIA PARA BERNHARD SCHLINK... OLGA



"Nunca le sacarás todo el partido a lo que te ha tocado si no lo aceptas."


¿No te llenan de júbilo y escalofrío esos momentos en los que te das cuenta de que lo que estás leyendo alcanza lo sublime, y las palabras trazan una historia predestinada a permanecer en ti para siempre? ¿No crees que en esos momentos la escritura es el recurso más noble que eleva una emoción a la esfera de lo sagrado? No sé si exagero, puede ser, pero es que así, como describo, me he sentido alguna vez, y Bernhard Schlink ha sido el responsable de que mis sentimientos llegasen a ese éxtasis con dos de sus libros: El lector y Olga, su última novela. Sí, Olga me parece una obra maestra, como en su día dije de El lector. Y todo lo que firma el juez Schlink que hasta ahora le he leído me encanta.
Olga, como en otras de sus obras, navega por la historia de un personaje llamado al aislamiento y en lucha con su entorno adverso a través de otros ojos y en el curso de la historia, de los años que pasan por una Alemania entregada a la conquista. La novela retrata desde tres ángulos el frustrado (o incapaz o imposible) amor de Olga y Herbert, en la carne y en la distancia, en momentos furtivos y en cartas perdidas, con el trazo delicado de una mujer entera y admirable, una hermosa hoja caída de un árbol que se pierde entre el polvo tragada por el viento.

Pocos libros entran en mí hasta arrancarme alguna lágrima. Schlink lo ha conseguido por segunda vez.