jueves, 30 de agosto de 2018
LOS STONES ENTRE LAS LECTURAS DE AGOSTO
Vacaciones. Lecturas evasivas, relajación y rapidez, nada que haga pensar de más. Un poco de misterio para almas a la deriva con la carga de sus fantasmas en la lluviosa Irlanda herida por el veneno inconfesable de la iglesia católica. También en Dublín, mujeres de fachada dura y cimientos frágiles se buscan a sí mismas entre romances absurdos y frustrantes encuentros. Prescindible la intriga, lamentables las conversaciones entre amigas. Me escapo unos días a los Rolling Stones, a un pequeño tomo editado por Blume que indaga en las historias que guardan sus canciones, hasta el álbum Black and Blue. Poco más debo saber que ya no sepa sobre lo que otros libros (y sobre todo los discos) me han enseñado de los Stones. Pero vuelvo a ellos de la mano de Steve Appleford para que me absorban en sus remolinos de riffs, en barnices de lujuria, en renglones de locura musical y estrofas de expresión pasional. Con la banda más grande del planeta, Rock N Roll is what I like it!
martes, 31 de julio de 2018
LA INSOPORTABLE MEMORIA DE MODIANO
He llegado a
un punto en que Modiano me transmite un hartazgo antipático. La reiterada
melancolía viajera por su memoria refuerza mi desconfianza en el valor de los
premios y el supuesto reconocimiento artístico. Basta, tío. Has ganado el Nobel
y te ha llevado unos años volver a escribir, mientras por aquí recuperamos las
obritas que no te habíamos publicado sin que nadie clamase por ellas. Vaya, ¿te
ha bloqueado en el escritorio la magnitud de la distinción? Y ahora vuelves con
lo mismo, pesado: con tu deambular solitario por tu París envuelto en ensueño y
recuerdos, tus personajes cubiertos de misterio gris y sin intriga que entran y
salen de los días que evocas décadas después, y tu sofocante empeño en navegar contra
la corriente del olvido.
Hace un
tiempo que dejé de leer a Patrick Modiano. Me bastaba con guardar un digno
recuerdo (ah, recuerdos) de Dora Bruder y En el café de la juventud perdida.
Luego me perdí en el laberinto que me dejaban las lecturas de otras cuatro o
cinco obras repetitivas, sin progreso, colección de recuerdos y lugares presuntamente
fascinantes: cafés y calles, plazas y paseos, mujeres enigmáticas y amigos
fugaces… nulo argumento, vacíos desenlaces. Y caigo en la tentación de entrar
de nuevo en su mundo de humo con la publicación de otra obrita Recuerdos
durmientes. Bah, ¿qué daño me pueden hacer nada más que 100 páginas? Daño
ninguno, desde luego. Sí el enfado que provoca un autor atrapado en el mundo de
sí mismo del que no se esfuerza por escapar. “Olvido”, “tiempo”, “recuerdos”, “sueño”,
“cincuenta años después escribo…”, “hace cincuenta años que…”. Ahora sí, muerto
y enterrado.
martes, 24 de julio de 2018
BANVILLE EN TRANCE
Con 28 años, en una de sus primeras novelas, John Banville trataba las palabras con gasas y pinzas, con la precisión de un meticuloso artista entregado al placentero oficio de la evocación durante años y años, envueltas en una atmósfera flotante de ensueño que tres y cuatro décadas después se apoderaría de las obras que premiaron al novelista irlandés con el reconocimiento de los maestros de las letras. Un maestro exquisito. Sus frases reviven instantes enterrados, dan vida a emociones perdidas o muertas, desnudan un sabor en el paladar, el silencio en la soledad, con una lucidez escalofriante. Traducida al castellano por primera vez el año pasado, Regreso a Birchwood es una obra mayor que anticipa otros trabajos grandes. Recuerdos que llaman y el maldito tiempo. Decir más no tiene sentido frente a la estilosa claridad de sus palabras.
A menudo, ahora, ya entrada la noche, o
mientras trabajo en la casa los días de lluvia, percibo algo suave y
persistente que me estruja, y con tristeza y alegría evoco esa escena, u otras
como esa, inundadas de verano y silencio, otro mundo. Olvidando todo lo que sé,
intento describir esas cosas, y solo entonces comprendo, de nuevo, que el
pasado es incomunicable.
Esa fue la primera vez que probé la
cerveza negra. Debo admitir que me pareció algo horrendo, pues de muchacho yo
no era un gran bebedor, pero tomado allí, aquel brebaje negro y amargo, heraldo
de una alegría descomedida y mordaz, me pareció, y todavía me parece, que
transmitía el mismísimo sabor del país, esa pequeña y extraña tierra.
Escuchad, escuchad, si conozco mi mundo,
cosa dudosa, pero si lo conozco, sé que es caótico, malvado y cruel, con leyes
forjadas en moldes erróneos, una idea justa que salió mal, un lugar terrible,
en resumen, y sin embargo, sin embargo sigue siendo un lugar suscepetible de
esplendor en esos escasos momentos en los que irrumpe una pequeña luz, y algo
queda sin explicar, sin perdonar, simplemente iluminado.
-Nos
levantamos cada maldita mañana y por la noche nos vamos a dormir, y no hay nada
que hacer. Creemos que estamos haciendo algo, que el mundo nos presta atención.
Acabamos teniendo ardor de estómago, de tanto correr arriba y abajo, y seguimos
sin hacer nada. Estamos hartos de nosotros mismo. Mira en tu corazón, muchacho,
escúchalo. ¿Qué te dice? ¿Qué te enseña? Nada. Y eso es todo lo que aprenderás
aquí. Repite conmigo. Nada.
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