martes, 9 de julio de 2019
JUSTICIA PARA BERNHARD SCHLINK... OLGA
"Nunca le sacarás todo el partido a lo que te ha tocado si no lo aceptas."
¿No te llenan de júbilo y escalofrío esos momentos en los que te das cuenta de que lo que estás leyendo alcanza lo sublime, y las palabras trazan una historia predestinada a permanecer en ti para siempre? ¿No crees que en esos momentos la escritura es el recurso más noble que eleva una emoción a la esfera de lo sagrado? No sé si exagero, puede ser, pero es que así, como describo, me he sentido alguna vez, y Bernhard Schlink ha sido el responsable de que mis sentimientos llegasen a ese éxtasis con dos de sus libros: El lector y Olga, su última novela. Sí, Olga me parece una obra maestra, como en su día dije de El lector. Y todo lo que firma el juez Schlink que hasta ahora le he leído me encanta.
Olga, como en otras de sus obras, navega por la historia de un personaje llamado al aislamiento y en lucha con su entorno adverso a través de otros ojos y en el curso de la historia, de los años que pasan por una Alemania entregada a la conquista. La novela retrata desde tres ángulos el frustrado (o incapaz o imposible) amor de Olga y Herbert, en la carne y en la distancia, en momentos furtivos y en cartas perdidas, con el trazo delicado de una mujer entera y admirable, una hermosa hoja caída de un árbol que se pierde entre el polvo tragada por el viento.
Pocos libros entran en mí hasta arrancarme alguna lágrima. Schlink lo ha conseguido por segunda vez.
martes, 11 de junio de 2019
LA MEJOR HISTORIA DE JULIAN BARNES
Desde el otoño de nuestras vidas que divisa muy cerca el invierno, la vista atrás nos devuelve al frescor eufórico de la primavera. Con la perspectiva de la templanza y el juicio de quien ya no espera más satisfacciones, sin impulsos corrompidos por las prisas y la ambición. Julian Barnes (73 años) se ha metido en el pellejo de un veinteañero que, muchos años después de aquel amor que condicionó el resto de su vida, se pregunta si es mejor amar más y sufrir más o ahorrar en amor y en sufrimiento. Como si en el momento del aguijonazo mágico del encantamiento fuéramos capaces de vernos en el curso de su maldición.
Tiene La única historia la nostalgia dolorosa de El sentido de un final, la misma habilidad de exposición en el recorrido por las vivencias que nos recupera la memoria: el encuentro en una pista de tenis, la cercanía de los paseos en coche, la huida y su presupuesto, la convivencia, la soledad y las mentiras, el resto, lo que aún queda. Barnes se mira en un personaje que acepta su dependencia del amor y asume las consecuencias. Sin gestos ni escenas para la galería, sin el vicio de la sensiblería. En su mejor novela. Quizá.
Tiene La única historia la nostalgia dolorosa de El sentido de un final, la misma habilidad de exposición en el recorrido por las vivencias que nos recupera la memoria: el encuentro en una pista de tenis, la cercanía de los paseos en coche, la huida y su presupuesto, la convivencia, la soledad y las mentiras, el resto, lo que aún queda. Barnes se mira en un personaje que acepta su dependencia del amor y asume las consecuencias. Sin gestos ni escenas para la galería, sin el vicio de la sensiblería. En su mejor novela. Quizá.
lunes, 27 de mayo de 2019
ME PLANTO (BLOOMSBURY)
¿Cuántas veces nos plantamos en la mitad de un libro para arrojar la toalla, para cerrarlo con un golpe y decir "hasta aquí, no puedo más"? ¿Cuántas veces resistimos hasta el último párrafo frente al tedio que nos hace interminable un texto con el paso de las páginas? Se nos atasca un argumento retorcido que se marea en recovecos o nos atragantamos con un estilo resbaladizo. Resoplamos con la reiteración y lo convencional, o nos tiramos de los pelos con el riesgo vestido de vanguardia. O quizá no es el momento, el nuestro, para lanzarse a determinada novela y sumergirnos en sus pantanosas aguas. Hace unos años entré con interés en El buen soldado, de Ford Maddox Ford, y salí agotado en la decepción. Con Bufalino pasó lo mismo. Otro ejemplo. El río de pensamientos de Virginia Woolf no me ha dejado pasar de la página 30 y creo que la señora Dalloway tardará bastante en asomarse. Será eso, que no tengo ahora el cuerpo para perderme en la atmósfera de Bloomsbury, aunque a mi espíritu le encante flotar en sus calles.
martes, 30 de abril de 2019
LA LIBERTAD DE LA AUTOCARAVANA, EN CAMPING-CAR
En la lectura de En camping-car me he reencontrado con el niño que fui. No por verme revivido en los recuerdos veraniegos de su autor en los viajes en su autocaravana familiar durante los años ochenta por el sur de Europa (mis rutas y vivencias fueron más modestas), sino por la sensación recuperada de los colores y olores, días y lugares de aquel tiempo que nos contempló en los veranos de nuestra infancia. Noches estrelladas desde el tejado del vehículo, comidas bajo el toldo en muebles plegados, recuerdos de cada estancia, visitas a museos, piedras enterradas, fruta, crema bronceadora, baños en la playa, juegos, comics...
La familia de Ivan Jablonka y otra familia amiga recorrían las carreteras de Portugal, España, Italia, Francia, Grecia y Turquía (años antes cruzaron el mapa de Estados Unidos) en una autocaravana Combi Volswagen que llamaban "el bus". Cada verano se entregaban a un ejercicio de autoconocimiento y realización, de madurez y aprendizaje. Aquella experiencia le proporcionó la libertad para alcanzar la felicidad ("¡Sed felices!", les ordenaba el padre al niño y luego adolescente Ivan en una viaje cuando no disfrutaban de la contemplación del paisajes a través de las ventanas) y años después, con la nostalgia de aquellos viajes y desde la perspectiva de aquellas emociones, reflexiona sobre la vocación, la familia, la educación, el progreso y el tiempo que nos revela cómo erámos y en qué nos hemos convertido.
Jablonka, parisino de origen judío, es profesor de Historia y en su libro, entrañable, de hondura grave y recuerdos livianos, ejerce de historiador de su infancia. Admite que sus libros son "varias cosas a la vez, historia, sociología, antropología, investigación, relato, bitácora, biografía, autobiografía, oración, literatura...". Una ruleta conmovedora que, en En camping-car, nos refleja tal como fuimos.
La familia de Ivan Jablonka y otra familia amiga recorrían las carreteras de Portugal, España, Italia, Francia, Grecia y Turquía (años antes cruzaron el mapa de Estados Unidos) en una autocaravana Combi Volswagen que llamaban "el bus". Cada verano se entregaban a un ejercicio de autoconocimiento y realización, de madurez y aprendizaje. Aquella experiencia le proporcionó la libertad para alcanzar la felicidad ("¡Sed felices!", les ordenaba el padre al niño y luego adolescente Ivan en una viaje cuando no disfrutaban de la contemplación del paisajes a través de las ventanas) y años después, con la nostalgia de aquellos viajes y desde la perspectiva de aquellas emociones, reflexiona sobre la vocación, la familia, la educación, el progreso y el tiempo que nos revela cómo erámos y en qué nos hemos convertido.
Jablonka, parisino de origen judío, es profesor de Historia y en su libro, entrañable, de hondura grave y recuerdos livianos, ejerce de historiador de su infancia. Admite que sus libros son "varias cosas a la vez, historia, sociología, antropología, investigación, relato, bitácora, biografía, autobiografía, oración, literatura...". Una ruleta conmovedora que, en En camping-car, nos refleja tal como fuimos.
sábado, 20 de abril de 2019
LA TRAMA NUPCIAL. TRÍO
Jeffrey Eugenides invierte bastante tiempo en construir sus novelas. Creo que lo exigen: esa precisión estructural edificada a través de un apacible río narrativo requiere la calma y el tino de un arquitecto meticuloso, y Eugenides es el diseñador de rascacielos asombrosos. Nueve años separan sus tres obras largas, las extraordinarias Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial, esta la tercera por la que me he dejado atrapar, que confirma la maestría deslumbrante de este autor. (Algo menos de tiempo transcurrió antes de la publicación de los inquietantes relatos posteriores reunidos en Denuncia inmediata.)
Un trío, dos hombres y una mujer, forman La trama nupcial. Leonard y Mitchell, a su manera, desde la tortura de su inestable mente uno y en la búsqueda espiritual del sentido de la existencia el otro, están enamorados de la idealista Madeleine, que en los libros indaga sobre el misterio del amor. Solo coinciden los tres, sin rumbo estable desde sus años universitarios hasta la entrega a la madurez, en una breve escena en una habitación, de apariencia anecdótica en el momento en que ocurre, aunque determinante en el desenlace brillante de la novela. La trama nupcial, con sus personajes débiles pero arrebatadores, habla de creer y resistir, de una lucha consigo mismo que subyace a la búsqueda del amor.
Un trío, dos hombres y una mujer, forman La trama nupcial. Leonard y Mitchell, a su manera, desde la tortura de su inestable mente uno y en la búsqueda espiritual del sentido de la existencia el otro, están enamorados de la idealista Madeleine, que en los libros indaga sobre el misterio del amor. Solo coinciden los tres, sin rumbo estable desde sus años universitarios hasta la entrega a la madurez, en una breve escena en una habitación, de apariencia anecdótica en el momento en que ocurre, aunque determinante en el desenlace brillante de la novela. La trama nupcial, con sus personajes débiles pero arrebatadores, habla de creer y resistir, de una lucha consigo mismo que subyace a la búsqueda del amor.
martes, 26 de marzo de 2019
LIBROS DEVORADORES
Retiro el envoltorio y leo: Los libros que devoraron a mi padre. Es el Día del Padre y mi hijo me ha regalado esto, con la intuición acertada de su madre. Afonso Cruz, portugués, escribe esta historia, que edita Blackie Books en España. Me dejo tragar, devorar por las palabras. "Estamos hechos de historias", repite el autor, "no de sangre, huesos y ADN", sino de historias. Y el niño que es protagonista busca a su padre desaparecido entre los libros del ático. Y se cruza con personajes que tenían vida en La isla del doctor Moreau, El doctor Jeckyl y Mr. Hyde, Crimen y castigo. La aventura es ágil, tierna, siniestra a veces, acompaña al crío en su crecimiento de gran lector. Y nos transmite que la materia de la que estamos hechos da forma a nuestros recuerdos, y que estos cambian según dejamos el pasado atrás. Porque sí, son las historias las que nos devoran, los libros, como una inagotable pesadilla. E imprescindible.
lunes, 4 de marzo de 2019
EL ÚLTIMO TRAGO DE LA AMISTAD
Quiero que
los libros no me suelten durante días después de haberlos terminado, seguir al
lado de sus personajes y dentro de su mundo interior y su mundo exterior como
si sus experiencias cerradas y abiertas fueran las mías. Otro libro que ha
conseguido este año que conviva tan intensamente con su propia dimensión es
Últimos tragos, con el que Graham Swift ganó el Man Booker Prize en 1996.
Antes de
abrir el libro conocía su trama. Había visto, dos veces, la película que lo lleva
a la pantalla, Last orders, rodada en 2001 por Fred Schepisi. Michael Caine,
Bob Hoskins, Tom Courtenay, Ray Winstone, David Hemmings y Helen Mirren forman
el reparto principal de un hermoso film ejemplarmente adaptado de la novela,
los monólogos cruzados de cuatro personajes (y otros de su entorno) que llevan
en un viaje en coche por el sur de Inglaterra las cenizas de su amigo Jack
hasta la orilla del mar. El libro lo tenía en casa desde hace tiempo y no fui
yo el primero en leerlo. Ahora lo ubico en esa estantería mental de libros
imprescindibles.
Swift me absorbe
y exige para después liberarme de placer. Cava en los rincones más escondidos de
sus personajes y los enseña desnudos, en su vulnerabilidad. Últimos tragos se
mueve hacia delante y hacia atrás, se detiene en escenas que entrelazan palabras
y pensamientos y arroja luz sobre el porqué de nuestros actos y la fragilidad
de los secretos. El pub donde los amigos compartían sus vidas después de cada
trabajo, familias rotas y hombres solos, hijos que huyen y vuelven, las últimas
voluntades fiadas a la fuerza de la amistad. Vida y muerte conviven
inseparables en la obra de Swift (El país del agua, El Domingo de las Madres,
Fuera de este mundo), en viajes que dan sentido a lo que nos define como
efímeros e insignificantes seres humanos.
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