miércoles, 11 de septiembre de 2019
CORAZÓN GIRATORIO: LA CRISIS, LA TRISTEZA
Me estreno en Sajalín Editores con el irlandés Donal Ryan y su demoledora Corazón giratorio. Novela de las que el rastro te sigue unas horas más tras dejar la última página.
Apuntes:
La editorial barcelonesa tiene por gusto dar a conocer obras nunca antes traducidas al castellano, parte de ellas firmadas por autores malditos, con biografías marcadas por los conflictos con la ley y los fantasmas de un pasado sombrío y problemático; salvo uno o dos casos, y con no más de dos detalles, no conocía nada de estos escritores.
Pasé unos días en Irlanda, en Dublín y alrededores, y quería leer algo irlandés. No me apetecían redes ni laberintos de Beckett o Joyce, me tengo muy leído a Banville, prefería algo nuevo, crudo y muy autóctono: y acierto en la apuesta. Este libro fue finalista del premio Booker en 2012.
La obra:
Ryan sitúa Corazón giratorio en el núcleo de la crisis económica irlandesa, hace casi una década, a través de una veintena de monólogos de distintos personajes que habitan un pueblo gris y chismoso, con padres sin alma e hijos sin rumbo, madres desoladas e hijas vacías. Sin esperanza en el futuro, en un presente negro. El autor enlaza las piezas sin artificios, con la naturalidad con que se unen los vínculos en comunidades pequeñas, habilidoso para traducir las miserias y las palabras de jóvenes y mayores, de niños inocentes y seres sin luces. Con un crimen, un secuestro, una tragedia y el drama de la pobreza y el paro en menos de 180 páginas de profundo interlineado. Magnífica novela.
domingo, 4 de agosto de 2019
AMÉLIE
Puede ser que a veces nos puedan extraños prejuicios sin fundamento. Que nos hartemos de una imagen sin analizarla detenidamente; de un artista, de un concepto, una tendencia. Todo precisa más que una mirada superficial. Me pasa que me he hartado un poquito de ver cómo cada año Amélie Nothomb tenía una novelita nueva en las librerías, con ella, como casi siempre, como imagen de promoción de sus obras; ella y sus sombreros de otra dimensión, con su aspecto siniestro entre Mary Poppins y la Helena Bonham Carter sórdida de las películas de Tim Burton. Y el caso es que lo que he leído de ella no está nada mal, nada de otra galaxia pero más que correcto, apetecible en principio pero no del todo redondo ni en su exposición ni desenlace. Es de esa(o)s autora(e)s que me da pereza continuar porque me dejan a medio camino, sin hambre ni sed. He leído tres obras suyas, de la casi treintena que la tiene. Para quienes la conozcan y hayan leído de una manera próxima a la mía y tengan las mismas dudas, les recomiendo Antichrista, una perversa mirada metafísica sobre sí mismos en esa incierta posada de paso que es la adolescencia.
martes, 9 de julio de 2019
JUSTICIA PARA BERNHARD SCHLINK... OLGA
"Nunca le sacarás todo el partido a lo que te ha tocado si no lo aceptas."
¿No te llenan de júbilo y escalofrío esos momentos en los que te das cuenta de que lo que estás leyendo alcanza lo sublime, y las palabras trazan una historia predestinada a permanecer en ti para siempre? ¿No crees que en esos momentos la escritura es el recurso más noble que eleva una emoción a la esfera de lo sagrado? No sé si exagero, puede ser, pero es que así, como describo, me he sentido alguna vez, y Bernhard Schlink ha sido el responsable de que mis sentimientos llegasen a ese éxtasis con dos de sus libros: El lector y Olga, su última novela. Sí, Olga me parece una obra maestra, como en su día dije de El lector. Y todo lo que firma el juez Schlink que hasta ahora le he leído me encanta.
Olga, como en otras de sus obras, navega por la historia de un personaje llamado al aislamiento y en lucha con su entorno adverso a través de otros ojos y en el curso de la historia, de los años que pasan por una Alemania entregada a la conquista. La novela retrata desde tres ángulos el frustrado (o incapaz o imposible) amor de Olga y Herbert, en la carne y en la distancia, en momentos furtivos y en cartas perdidas, con el trazo delicado de una mujer entera y admirable, una hermosa hoja caída de un árbol que se pierde entre el polvo tragada por el viento.
Pocos libros entran en mí hasta arrancarme alguna lágrima. Schlink lo ha conseguido por segunda vez.
martes, 11 de junio de 2019
LA MEJOR HISTORIA DE JULIAN BARNES
Desde el otoño de nuestras vidas que divisa muy cerca el invierno, la vista atrás nos devuelve al frescor eufórico de la primavera. Con la perspectiva de la templanza y el juicio de quien ya no espera más satisfacciones, sin impulsos corrompidos por las prisas y la ambición. Julian Barnes (73 años) se ha metido en el pellejo de un veinteañero que, muchos años después de aquel amor que condicionó el resto de su vida, se pregunta si es mejor amar más y sufrir más o ahorrar en amor y en sufrimiento. Como si en el momento del aguijonazo mágico del encantamiento fuéramos capaces de vernos en el curso de su maldición.
Tiene La única historia la nostalgia dolorosa de El sentido de un final, la misma habilidad de exposición en el recorrido por las vivencias que nos recupera la memoria: el encuentro en una pista de tenis, la cercanía de los paseos en coche, la huida y su presupuesto, la convivencia, la soledad y las mentiras, el resto, lo que aún queda. Barnes se mira en un personaje que acepta su dependencia del amor y asume las consecuencias. Sin gestos ni escenas para la galería, sin el vicio de la sensiblería. En su mejor novela. Quizá.
Tiene La única historia la nostalgia dolorosa de El sentido de un final, la misma habilidad de exposición en el recorrido por las vivencias que nos recupera la memoria: el encuentro en una pista de tenis, la cercanía de los paseos en coche, la huida y su presupuesto, la convivencia, la soledad y las mentiras, el resto, lo que aún queda. Barnes se mira en un personaje que acepta su dependencia del amor y asume las consecuencias. Sin gestos ni escenas para la galería, sin el vicio de la sensiblería. En su mejor novela. Quizá.
lunes, 27 de mayo de 2019
ME PLANTO (BLOOMSBURY)
¿Cuántas veces nos plantamos en la mitad de un libro para arrojar la toalla, para cerrarlo con un golpe y decir "hasta aquí, no puedo más"? ¿Cuántas veces resistimos hasta el último párrafo frente al tedio que nos hace interminable un texto con el paso de las páginas? Se nos atasca un argumento retorcido que se marea en recovecos o nos atragantamos con un estilo resbaladizo. Resoplamos con la reiteración y lo convencional, o nos tiramos de los pelos con el riesgo vestido de vanguardia. O quizá no es el momento, el nuestro, para lanzarse a determinada novela y sumergirnos en sus pantanosas aguas. Hace unos años entré con interés en El buen soldado, de Ford Maddox Ford, y salí agotado en la decepción. Con Bufalino pasó lo mismo. Otro ejemplo. El río de pensamientos de Virginia Woolf no me ha dejado pasar de la página 30 y creo que la señora Dalloway tardará bastante en asomarse. Será eso, que no tengo ahora el cuerpo para perderme en la atmósfera de Bloomsbury, aunque a mi espíritu le encante flotar en sus calles.
martes, 30 de abril de 2019
LA LIBERTAD DE LA AUTOCARAVANA, EN CAMPING-CAR
En la lectura de En camping-car me he reencontrado con el niño que fui. No por verme revivido en los recuerdos veraniegos de su autor en los viajes en su autocaravana familiar durante los años ochenta por el sur de Europa (mis rutas y vivencias fueron más modestas), sino por la sensación recuperada de los colores y olores, días y lugares de aquel tiempo que nos contempló en los veranos de nuestra infancia. Noches estrelladas desde el tejado del vehículo, comidas bajo el toldo en muebles plegados, recuerdos de cada estancia, visitas a museos, piedras enterradas, fruta, crema bronceadora, baños en la playa, juegos, comics...
La familia de Ivan Jablonka y otra familia amiga recorrían las carreteras de Portugal, España, Italia, Francia, Grecia y Turquía (años antes cruzaron el mapa de Estados Unidos) en una autocaravana Combi Volswagen que llamaban "el bus". Cada verano se entregaban a un ejercicio de autoconocimiento y realización, de madurez y aprendizaje. Aquella experiencia le proporcionó la libertad para alcanzar la felicidad ("¡Sed felices!", les ordenaba el padre al niño y luego adolescente Ivan en una viaje cuando no disfrutaban de la contemplación del paisajes a través de las ventanas) y años después, con la nostalgia de aquellos viajes y desde la perspectiva de aquellas emociones, reflexiona sobre la vocación, la familia, la educación, el progreso y el tiempo que nos revela cómo erámos y en qué nos hemos convertido.
Jablonka, parisino de origen judío, es profesor de Historia y en su libro, entrañable, de hondura grave y recuerdos livianos, ejerce de historiador de su infancia. Admite que sus libros son "varias cosas a la vez, historia, sociología, antropología, investigación, relato, bitácora, biografía, autobiografía, oración, literatura...". Una ruleta conmovedora que, en En camping-car, nos refleja tal como fuimos.
La familia de Ivan Jablonka y otra familia amiga recorrían las carreteras de Portugal, España, Italia, Francia, Grecia y Turquía (años antes cruzaron el mapa de Estados Unidos) en una autocaravana Combi Volswagen que llamaban "el bus". Cada verano se entregaban a un ejercicio de autoconocimiento y realización, de madurez y aprendizaje. Aquella experiencia le proporcionó la libertad para alcanzar la felicidad ("¡Sed felices!", les ordenaba el padre al niño y luego adolescente Ivan en una viaje cuando no disfrutaban de la contemplación del paisajes a través de las ventanas) y años después, con la nostalgia de aquellos viajes y desde la perspectiva de aquellas emociones, reflexiona sobre la vocación, la familia, la educación, el progreso y el tiempo que nos revela cómo erámos y en qué nos hemos convertido.
Jablonka, parisino de origen judío, es profesor de Historia y en su libro, entrañable, de hondura grave y recuerdos livianos, ejerce de historiador de su infancia. Admite que sus libros son "varias cosas a la vez, historia, sociología, antropología, investigación, relato, bitácora, biografía, autobiografía, oración, literatura...". Una ruleta conmovedora que, en En camping-car, nos refleja tal como fuimos.
sábado, 20 de abril de 2019
LA TRAMA NUPCIAL. TRÍO
Jeffrey Eugenides invierte bastante tiempo en construir sus novelas. Creo que lo exigen: esa precisión estructural edificada a través de un apacible río narrativo requiere la calma y el tino de un arquitecto meticuloso, y Eugenides es el diseñador de rascacielos asombrosos. Nueve años separan sus tres obras largas, las extraordinarias Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial, esta la tercera por la que me he dejado atrapar, que confirma la maestría deslumbrante de este autor. (Algo menos de tiempo transcurrió antes de la publicación de los inquietantes relatos posteriores reunidos en Denuncia inmediata.)
Un trío, dos hombres y una mujer, forman La trama nupcial. Leonard y Mitchell, a su manera, desde la tortura de su inestable mente uno y en la búsqueda espiritual del sentido de la existencia el otro, están enamorados de la idealista Madeleine, que en los libros indaga sobre el misterio del amor. Solo coinciden los tres, sin rumbo estable desde sus años universitarios hasta la entrega a la madurez, en una breve escena en una habitación, de apariencia anecdótica en el momento en que ocurre, aunque determinante en el desenlace brillante de la novela. La trama nupcial, con sus personajes débiles pero arrebatadores, habla de creer y resistir, de una lucha consigo mismo que subyace a la búsqueda del amor.
Un trío, dos hombres y una mujer, forman La trama nupcial. Leonard y Mitchell, a su manera, desde la tortura de su inestable mente uno y en la búsqueda espiritual del sentido de la existencia el otro, están enamorados de la idealista Madeleine, que en los libros indaga sobre el misterio del amor. Solo coinciden los tres, sin rumbo estable desde sus años universitarios hasta la entrega a la madurez, en una breve escena en una habitación, de apariencia anecdótica en el momento en que ocurre, aunque determinante en el desenlace brillante de la novela. La trama nupcial, con sus personajes débiles pero arrebatadores, habla de creer y resistir, de una lucha consigo mismo que subyace a la búsqueda del amor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






