viernes, 29 de agosto de 2014

AGOSTO, 2014

En vacaciones en carretera, playa, montaña y piscina y de vuelta a la faena en las horas reservadas a la lectura… vidas narradas, cuentos entrañables y odiseas extraordinarias iluminan el repertorio de agosto.

De vidas ajenas explora, como tanto le gusta a Emmanuel Carrère, lo que esconden con y sin celo existencias comunes afectadas por hechos o sucesos traumáticos. En este caso, la relación de dos jueces a raíz del fallecimiento de uno de ellos. La muerte y la superación, la lucha contra la injusticia. Brillante.

Divertido es el singular tratado Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock, del músico Ian Svenonius por cortesía de Blackie Books. Lúcido en su ironía, provocador en sus teorías y sabio en el sarcasmo de sus visiones sobre los orígenes, fines, vicios, actitudes y otros clichés que hacen tan atractivo el rock and roll.

Pruebo con Andrea Camilleri y una de las historias de su detective Montalbano, El perro de terracota, pero poco me aporta más que alguna risa leve. También con Gérard de Nerval y su pequeña Sylvie, nostálgico cuento sobre el tiempo perdido y las oportunidades desaprovechadas.

Relatos: un cajón de sastre es la antología Nueva York, de la editorial M.A.R., con breves cuentos de firmas ilustres (O. Henry, Chimes, James, Fitzgerald) y un largo puñado de plumas nacionales poco conocidas ofreciendo visiones particulares de la gran ciudad. El compendio es irregular. De paso obligado por la feria anual del libro antiguo y de ocasión, atrapo El fantasma de Canterville y otro par de relatos fantásticos de Oscar Wilde en un mismo volumen. Sutil ironía, humor tierno, finura magistral.

En 2004 el actor de cine Ewan McGregor y su amigo del alma Charley Boorman se embarcaron en una apasionante aventura que les llevó a conducir sobre sus motos desde Londres a Nueva York cruzando países como Ucrania, Kazakistán o Mongolia. Fueron tres meses y medio que cuentan con sus voces los dos protagonistas en Long way round, volumen que acompañó a una serie de televisión que recogió aquel fantástico viaje. Compré el libro hace tres años y medio por 2,5 libras en un mercadillo de Londres… tiempos inolvidables.

domingo, 24 de agosto de 2014

DE HOY, VIAJES, LIBROS Y SECRETOS… Y OSCAR WILDE


Al cruzarme con una pandillita de mocosos de última generación, tres crías y tres críos, ninguna y ninguno llevaban el teléfono móvil en el bolsillo o la mochila; todos iban con la maquinita en la mano lanzándole el ojo cada tres segundos o escuchando música hortera a través del aparato mientras se gritaban en plena calle. Hace poco una pareja sentada se cruzaba las manos al resguardo de un soportal; con la otra mano cada uno en el silencio más distante entraba en el mundo virtual que le enseñaba el teléfono móvil. A veces me conmueve ver pasear a alguien con un libro bajo el brazo o leer en una terraza de verano. El otro día un hombre vino a consultarme un asunto al trabajo y al reposar una carpeta sobre sus rodillas dejó ver que también llevaba encima un ejemplar de una traviesa novela de Nabokov. Ay.

Muchos de mis libros no salen de casa. De la tienda pasan a la estantería, primero a la espera de ser leídos, después debidamente colocados entre otros libros. Pero otros libros tienen kilómetros y recuerdos encima. Los llevo en la maleta allí a donde voy: a la playa, al campo, a unas vacaciones cerca, a un país diferente: Carrère en Asturias y Saint Malo, Por favor mátame en New York, Bullet Park y John Fante en Jerez y Cádiz, espías británicos en Marsella, Capote y sus retratos en Cravovia y Dublín, El sentido de un final en Londres, Michael Chabon entre Múnich y Milan, John y Mary en Manchester, relatos de Du Maurier en la Isla de Wight, El mar en París y Auster en los aeropuertos de todas partes.

De evasión por los pasillos polvorientos de las librerías de segunda mano y las tiendas de todo de cuanto la gente se deshace por unas pocas perras, me encuentro con ejemplares repetidos, pobres o mediocres obras de las que sus primeros dueños se avergüenzan o que simplemente no les gustaron. Yo también me he desprendido de alguna lectura horrorosa (Doris Lessing, Agustín Fernández Mallo) por unos miserables euros que me dieron más placer que el tiempo que dediqué a esas novelas. Pero no logro comprender por qué en un bazar de estos en los que los libros viejos se apilan en montañas tropiezo en un solo paseo con cinco ejemplares de editoriales diferentes de El amante de Lady Chatterley y con tres de El gran Gatsby.
Un breve cuento de Oscar Wilde, La esfinge sin secreto, de apenas diez caras, descubre un misterio maravilloso. Intrigado por la visita a una casa de una mujer de la que se ha enamorado con locura, un hombre que confiesa sus desvelos al narrador cuenta que al fallecer el objeto de su pasión, que nunca le había revelado por qué acudía a aquella casa, se presenta en la misma y le pregunta a la señora que lo recibe en la puerta cuál era el motivo de las visitas de su amada. “Simplemente se sentaba en el salón y leía libros, a veces tomaba el té”, le responde. El propio Wilde decía (en ese mismo relato) que “las mujeres están hechas para ser amadas, no para ser entendidas”. Ay ay ay.

viernes, 15 de agosto de 2014

ENTRE LÍNEAS


Te encuentras con un viejo conocido con el que has alargado la frecuencia de los contactos y retomas aquellas charlas apasionadas. “Vamos a tomarnos algo”, propones. Ponerse al día es volver a hablar de películas (románticas, por ejemplo, o algún western), escoger doce apóstoles del jazz (tú no elegirías ni a Baker ni a Coltrane e incluirías a Donald Byrd) y repasar libros y autores: Roth, Marías, Cheever, Carver, Salter, Vila-Matas, Trevor, Carrère, Zweig, McEwan, Ford, Banville, Auster. Llegas a casa, contagiado por los deseos del azar y lo que encierran las líneas y palabras, y continúas dando vida a tus relatos.

miércoles, 30 de julio de 2014

JULIO, 2014


Un mes ramplón, de lecturas censurables y olvidables (la mayor parte) pese a disfrutarlas a la intemperie.

Un experimento. El de Laurent Mauvignier con Lo que yo llamo olvido, 50 páginas sin un punto en un único párrafo. Un suceso mortal y bochornoso narrado caprichosamente de corrido hasta la extenuación. ¿Es que no hubiera sido un relato más que digno (y brillante) contado de forma más convencional?

Olvidemos estos libros. Te llevaré conmigo, primer contacto con el joven y alabado autor italiano Niccolò Ammaniti, observador costumbrista de historias cruzadas con personajes arquetípicos sin brújula manipulados torpemente y sin control hacia un desenlace abrupto y poco creíble. Y Juego y distracción, vanidosa nadería del encumbrado James Salter: encuentros sexuales de una pareja que deambula por Francia sin nada que hacer ni contar; torrentes descriptivos y postureo meditabundo de diván.

Lo que hay detrás de una canción monumental lo desgrana con bisturí puntilloso y trascendencia desmedida Greil Marcus en Like a Rolling Stone. Bob Dylan en la encrucijada: mejor pinchar a Dylan una y otra vez.

Volver a los libritos de Stefan Zweig ayuda a borrar agrias sensaciones y a despejar el juicio, pero Los milagros de la vida es su relato largo más flojo: por su espiritualidad grandilocuente y su brillante léxico al servicio de una transformación extrema con la que explicar los enigmas de la fe.

John Banville se entretiene en El intocable con un dilatado relato de espías pulido con el lustre de una prosa deslumbrante pero cojo por su falta de emoción. Ahora sí vislumbro a Nabokov en la escritura juguetona del irlandés, su erudición y sus argucias malabares.

Después de lecturas fatigosas y decepcionantes aligeré el menú con Viajeras (Editorial La Viajera), ameno y práctico manual que orienta a las mujeres a preparar y afrontar viajes en solitario con el que no tuve por qué meterme en la piel del otro género para (desintoxicarme y) dejarme llevar por el placer sin precio de viajar.

Y pongo el cierre (me sorprendo encadenando lecturas) con el abajo mencionado libro de relatos de Raymond Carver.

viernes, 25 de julio de 2014

CARVER Y LA INSATISFACCIÓN


La huella que dejan sobre la arena de nuestros sentimientos muchos de los relatos de Raymond Carver tarda en ser cubierta por las olas. “Historias en las que una y otra vez, y con distintos protagonistas, se narra ese instante de sombría belleza y terrible verdad en que, de repente, lo comprendemos todo, y la vida ya nunca podrá volver a ser la misma”. Mejores palabras que estas de la cubierta trasera de una de sus colecciones no encuentro.

Cuando empecé con Carver no le hallé la gracia (que no la tiene). Me parecían sus historias fragmentos sin principio ni fin de anécdotas o situaciones cotidianas. Vale, ¿y qué?, me preguntaba perezoso, bisoño. Volví años después a zambullirme en más relatos, a los que les fui descubriendo las palabras calladas, esos desenlaces abiertos y a la vez concluyentes que escondían tragedia, vacío, miseria, soledad y sobre todo una incorregible insatisfacción.

Pasa el tiempo y vuelvo a Carver. Si me necesitas, llámame guarda cinco relatos editados por su esposa años después del fallecimiento del autor, cuando los encontró entre sus papeles. La incertidumbre que sucede a las resacas, la amargura de la separación y las lagunas en la comunicación los unen. Con el lenguaje justo, diáfano, doloroso. Jodido acabas.  

domingo, 20 de julio de 2014

LOS LIBROS QUE PASAN...


Tú y yo y nada más que la imaginación, una historia que robamos y hacemos nuestra, que nos guardamos para siempre al otro lado de las páginas. Huir de la lluvia, apartar las nubes, tumbarse al sol sin tiempo ni estación. No escuchar sino el viento tibio y el lento baile de la hierba, el mar que murmura lejos, la voz de un niño aún más allá. Y las hojas de este libro que mis dedos pasan.

sábado, 5 de julio de 2014

DESVARÍOS DE LA ESCRITURA


Escribir.
Resumir, informar, transmitir, compartir.
Hay libertad para todo.
Traducir un informe de gestión al lenguaje de un reportaje. Narrar las etapas de un suceso. Condensar los 90 (o 120) minutos de un partido de fútbol infumable en cuatro párrafos que envolverán pescado o recogerán mierda de perro. Contarle a los demás lo que yo pienso aunque a nadie le importe pero creer que a alguien le importa. Hacer literatura. Leer.
Palabras que se lleva el viento y desaparecen.
Contar de corrido, sin puntos pero con comas, lo que rodea a un hecho traumático en 58 páginas. Extender hasta las 400 y pico páginas cuatro historias entrecruzadas que ocurren en el espacio de tres días y que no tienen ningún encanto. Describir en tercera persona la insulsa historia de amor entre dos personas con lirismo pedante y empacho descriptivo. ¿A quién le importa?
Mauvignier. Ammaniti, Salter. ¿Y ahora qué coño voy a leer?