jueves, 10 de octubre de 2013

ZWEIG… SER LEÍDO


El mayor premio, el premio más puro y originario, es ser leído.
En algunos autores encuentro la obligación personal de ser leídos y la voluntaria inclinación a recomendarlos. Acudo a las novelas cortas de Stefan Zweig con frecuencia, cada cuatro o cinco libros más largos que pasan bajo la lámpara durante el año. Es sano, medicinal, absorbente desde la primera frase, desvela las entrañas de la personalidad y la fragilidad del ser humano. Desde aquella primera lectura de un tirón de Carta de una desconocida, de madrugada en el interior de un coche, Zweig me llama a sus páginas. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Ardiente secreto o Mendel el de los libros, alcanzan las alturas de aquella apasionada y resignada carta. ¿Fue él?, Leporella o Las hermanas dejan estupefacto.

La editorial Acantilado ha publicado gran parte de sus novelas cortas y algunas de sus obras más extensas, además de alguna antología. Zweig cultivaba el ensayo y la biografía, y sus viajes y ocupaciones le permitían penetrar con lupa analítica en el alma de las personas y en la realidad de las situaciones. Y compartirlo con una elegancia narrativa magistral. Su desesperanzado suicidio representa el agudo pesimismo que encierran sus historias. 

A Zweig, aconsejo, conviene tenerlo a mano.

lunes, 30 de septiembre de 2013

PREMIOS JUSTOS... KING Y EL NOBEL


Poco más (más bien nada) puedo añadir. Tan solo compartir. Me permito tomar prestadas


para que las lea quien aún no se ha tropezado con ellas y se deje caer por aquí. Si pudiera aportaría mi voto; sería para King, por ejemplo, antes que para Roth, Murakami o cualquier exótico candidato de las quinielas.

jueves, 26 de septiembre de 2013

UNA PUERTA QUE NUNCA ENCONTRÉ… RETRATO DE LA SOLEDAD

“La sola idea de esas vastas montañas de libros me volvía loco, cuanto más leía menos parecía saber.”

Entonces, en cualquier momento, el más inesperado, nos encontramos en las páginas de un libro y nos deslumbra la luz de nuestro retrato: lo que una vez fuimos y lo que en parte seguimos siendo. Somos quien sigue la línea errante de su camino, el que se detiene en sus paradas y absorbe lo que desfila ante sus ojos, el que quiere pisar donde nunca ha pisado antes y tachar de su lista el nombre de los pueblos, ciudades y estados que pasan bajo sus pies. Somos el solitario hambriento de libros, el devorador de palabras e imágenes. Somos el observador de nuestro barrio desde el alféizar de la ventana, quien escucha las conversaciones de los vecinos tumbado en el sofá, el ruido del tráfico y de los pasos que se cruzan en la calle. Y hay visiones y emociones que no sabemos explicar con palabras.

Thomas Wolfe me llamaba a distancia, pero no llegaba a escuchar su voz, su mensaje. Una puerta que nunca encontré, novela breve escrita en 1933, lo desnuda descriptivo en su paso callado por tres meses de octubre de su vida, en busca por la felicidad desde el umbral de su soledad. Wolfe murió joven, a punto de cumplir 38 años, la tuberculosis se llevó la emoción de su lirismo melancólico, cortó las alas de un ángel que nunca encontró su lugar en esta vida, la puerta que abrir, que cruzar y tras la que quedarse.

“Sencillamente, quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podría conseguirlo.”

lunes, 2 de septiembre de 2013

LOS COLORES DE ANAGRAMA



Unas veces frivolidades otras rarezas, casi siempre revelaciones sin importancia, las debilidades definen el lado freak de nuestro carácter. ¿Quién conversa con un amigo o un colega sobre el cambio de tipografía que Anagrama llevó a cabo hace unos pocos años en los títulos sobre las cubiertas de los libros de su colección Compactos? Yo lo hice hace poco. Nos gustaba más la tradición distinguida de la Times New Roman que los rasgos redondeados del nuevo diseño.

Porque siempre que llevamos los pasos hasta una librería lanzamos la vista en busca de novedades a los estantes coloridos, aquellos con el canto luminoso de los volúmenes de bolsillo de Anagrama Compactos, esos que luego iluminan nuestros armarios en casa y la hacen aún más acogedora. Esos libros entrañables que se ajustan a las manos y nos acompañan en la maleta en cada viaje.

El primero que compré debió de ser el de Lolita, el número 34 de color rosa claro, que ahora debe de ser el más gastado por las horas de reposo en los estantes y las manos prestadas. Después fue La conjura de los necios, el 38 y amarillo. Luego unos cuantos de Bukowski pintados de diferentes colores, Capote, Sharpe, Auster, Bolaño, Highsmith… hasta llegar a Banville, Modiano y Baricco. Caen algunos cada año. Son parte de mí esos libros, esos colores. No pasa un día que no levante la cabeza y veo la armonía caprichosa que los hermana uno al lado de otro ordenados alfabéticamente por el apellido del autor ante la mirada.

domingo, 25 de agosto de 2013

NOVELA SIN FINAL



Será porque cada día escribo algo que sé que nadie va leer hasta la última palabra por lo que dedico a cada autor de una novela el respeto de llegar hasta el final de sus obras. La vida es corta para leer tantos libros que nos apetecen y hay que ser selectivo. Pero no me gusta dejar una novela inacabada aunque no me guste la trama o me aburra su lectura. Si cuesta dios y ayuda, que cueste, pero hasta el punto final.

Que recuerde, me las vi muy duras para leer hasta la última línea de American Psycho (Bret Easton Ellis), obra que al día siguiente regalé para que no ensuciase mis estanterías. Fue un suplicio pasar por las páginas distinguidas de Ada o el ardor (Vladimir Nabokov), Luz de agosto (William Faulkner) o El lamento de Portnoy (Phillip Roth) hasta terminarlos. Otros libros empecé a leerlos a una edad que no era la adecuada, los olvidé y los rescaté años más adelante, como La montaña mágica (Thomas Mann). Algunas arduas empresas de lectura las acabaré asumiendo algún día. Eso creo que pasará con Ulises, Moby Dick o Bella del Señor, quién sabe cuándo. Otras no me atraen en absoluto, como la obra de Thomas Pynchon, la de William S. Burroughs o El señor de los anillos creo que me resultará difícil hacerles un hueco en la agenda.

Pero todos tenemos un libro que no acabamos de leer en su momento y desconocemos si algún día lo recuperaremos. En mi caso es El perfume, de Patrick Süskind, obra de la que una vez leí que Stanley Kubrick pretendía adaptar al cine y que finalmente lo hizo, y de manera extraordinaria, el director alemán Tom Tykwer. ¿Por qué me atasqué entonces con El perfume? Por sus detalladas descripciones, su preciosismo estético, su frialdad emocional. O por la incapacidad de oler lo que las palabras encierran.

jueves, 22 de agosto de 2013

NOVECENTO… LA MÚSICA, EL OCÉANO


Alessandro Baricco no acierta a calificar esta obra suya. Cuenta antes de empezar que la escribió para un actor y un director. Un monólogo teatral, podría considerarla. Una leyenda, así me gusta a mí llamarla. Lo que sea. De todos modos a él le parece “una historia hermosa que valía la pena contar”. Y le gusta pensar que alguien la leerá. No lleva más de una hora hacerlo. Es hermosa, vaya si lo es. Novecento (La leyenda del pianista en el océano).

Conocía esa historia. Aún no habíamos cambiado de siglo cuando vi la adaptación de Giuseppe Tornatore (hijo de puta, nos vacías de lágrimas con la pasión que vuelcas en las pasiones que nos enseñas). Salí entusiasmado del cine. He querido volver a ver alguna otra vez aquella película y parece que ahora me voy a animar a ello. Novecento (Tim Roth en el film) es un pianista excepcional que nunca ha bajado de un trasatlántico en el que deleita a los viajeros con su música extraordinaria. Allí nació, allí aprendió a acariciar las teclas, a conocer el mundo a través de los rostros y los gestos de la gente. Allí, balanceado por el océano, compartió palabras, silencios y sonidos con unos músicos y se retó a otros. Y nunca pisó tierra firme.

Baricco embellece la sencillez de las emociones, la ternura de sus planteamientos extremos (al Zweig de sus relatos más entrañables me recuerda). Su retrato de Novecento, ese pianista imposible, nos congracia con la pureza de la música y la inmensidad del océano.

domingo, 4 de agosto de 2013

HERMOSOS Y MALDITOS… EL CIELO Y EL INFIERNO


"Con un sollozo la muchacha lo rodeó con sus brazos, apoyándose en él, mientras la luna, atenta a su trabajo sempiterno de disimular la fealdad del mundo, derramaba miel ilícita sobre la calle soñolienta”

La palabra de Fitzgerald, elegante y cruel, de una precisión asombrosa y una profundidad conmovedora, decora hermosamente su segunda novela: Hermosos y malditos (The beautiful and the damned, 1922), caligrafía suprema para una radiografía tan radiante como amarga de la era del jazz, los ambientes elitistas del Nueva York de los años de la Primera Guerra Mundial por los que el autor y su pareja deambularon entre fiestas, éxito, alcohol y decadencia. Cuesta no percibir al propio Scott y a Zelda retratados en alguno de los muchos y variopintos episodios por los que transitan patéticamente sus personajes.

“Nunca se quiere a las personas que hacen cosas por ti”

Hoy aquello, tan perfectamente descrito por la pluma del maestro, parece envuelto en una burbuja de irrealidad algodonada. Entonces Francis Scott Fitzgerald retrataba lo que mejor conocía: el lujo, la opulencia, la superficialidad, el exceso, la vagancia, la frivolidad y la belleza que ciegan a unos personajes detestables, hedonistas sin cerebro, Anthony Patch al frente, y su irresistible, arrebatadora e insoportable Gloria. Las páginas se recrean con una fluidez y encanto irresistibles en el romance, amor, desamor y brutal hundimiento de una pareja víctima de la ignorancia descarnada de sus vidas acomodadas, cuya única preocupación es la de quedarse sin whisky en casa y sentirse viejos a los 25 años. El dinero, sutil capricho y urgente alimento, es el filo que separa su cielo de su infierno.