miércoles, 2 de abril de 2014

TANTO QUE LEER, TAN POCO TIEMPO…


No pocas de las conversaciones que mi amigo Fernando y yo teníamos al abrigo cotidiano del Toll Gate de Turnpike Lane las rematábamos con un lamento por el exceso y el defecto: ¡cuántos libros nos quedan aún por leer y qué corta es la vida! Cuando años después nos seguimos reencontrando en algún momento de nuestros caminos y nos ponemos al día repasando las lecturas que han pasado por la alcoba regresamos siempre al mismo punto, a ese asombro por la magnitud que abarca la literatura y al deseo de acaparar la mayoría de sus palabras sin jamás poder conseguirlo: ¡cuánto qué leer y qué poco tiempo!

La frase, por cierto, viene que ni pintada para descartar con elegancia la lectura de un autor cuando a uno le es recomendado y las ganas de conocerlo son más bien escasas. Cuántos libros, sí, y necesitamos invertir también el tiempo en muchas otras tareas, obligaciones y distracciones productivas. Mientras uno lee Trenes rigurosamente vigilados y otro se dispone a indagar en un nuevo misterio de la mano de Benjamin Black/John Banville…

Al dejarme caer por las librerías, entre los estantes de novedades, o por esas tiendas de segunda mano, rastros que acogen lo que tantos humanos descartamos, donde los tomos nos piden a gritos, con el precio de risa en la portada, que los llevemos a la cesta de la compra, pienso en la altura que alcanza la pila de lecturas pendientes y vuelvo a decirme eso de que tenemos tan poco tiempo… Quizá un día tenga que salir de casa para dejar espacio al acomodo de más libros.

viernes, 28 de marzo de 2014

MARZO, 2014


Raciones dobles en las lecturas de marzo. Porque atrapan y hacen volar la imaginación, deseas primero y saboreas después, porque lo que una regala lo enriquece la siguiente: Rosa Montero y sus crónicas reunidas y Stefan Zweig y sus pequeñas novelas salvajes. Rosa la periodista viajera de Estampas bostonianas y otros viajes, travesías a los rincones despoblados del planeta, al contacto con las gentes que tan poco se parecen a nosotros… viajamos para sentir que vivimos, a Irán, Australia, Alaska, el Polo Norte, Estados Unidos. Rosa la amante de los libros, lo que las novelas y sus autores la hacen amar, El amor de mi vida; “escribir es resistir”, escribe, mientras se baña en el placer que le brindan sus amigos los escritores y comparte las intimidades más secretas de su relación con los libros. Y te quedas con ganas de leer hasta caer. Zweig eterno, doliente y extremo, el de Amok y Viaje al pasado, obsesiones delirantes en el ardor de la soledad y amores perdidos en los recuerdos tiernos.

Nada se opone a la noche. Delphine de Vigan tiene las agallas de bucear en su sangre desde el suicidio de su madre para retratar los episodios íntimos de su familia, desde sus abuelos hasta su numerosa prole. Lo que empieza idílico, entrañable e irrepetible se tuerce en el agujero negro de la muerte y la locura. Lucile se perdió, cayó, se retorció, se hundió, se levantó hasta ponerse de rodillas y volvió a caer. Una investigación purificadora, salida de las entrañas y compartida con sinceridad y sin rubor. Escalofriante. Te deja suspendido en una nube pensando en las miserias nuestras. Te alegras de ver a Delphine sonriendo después de todo.

Lecturas breves para completar el mes. La casa y el cerebro, relato victoriano de fantasmas firmado por Edward Bulwer-Lytton. Hemos visto tantas malas (y alguna buena) películas de terror que ya ni te mueves de la butaca con las puertas que se abren y los ruidos en la oscuridad. Y los últimos relatos de Scott Fitzgerald, esas Historias de Pat Hobby publicadas en revistas a pocos metros de la línea de meta de su vida: piezas para subsistir, anécdotas curiosas y graciosas que el autor recuerda de sus años en los estudios de Hollywood puestas en el pellejo de un pobre hombre, ese Hobby caradura echado a perder tan simpático como patético.

sábado, 15 de marzo de 2014

FEBRERO, 2014


Con Alta fidelidad en la cima de las novelas de rock, desde una tienda de vinilos y a través de los amores y desamores de un melómano, cualquier otra ficción sobre el asunto tiene muchos votos de quedarse rezagada. Le ocurre a LA CALLE GREAT JONES (Don DeLillo), publicitada con reclamos del estilo “la novela definitiva del rock”. Nada más lejos de la realidad. DeLillo no me entra y en esta obra primeriza rescatada por las editoriales atraganta la falta de empatía con un joven rockero que huye de la escena y se refugia en el anonimato. Apuntes secundarios atraen más que una trama atascada en una supuesta trascendencia pedante. Por New York también transita durante buena parte de la historia, entre juergas sexuales y etílicas sin control, el protagonista de DINERO (Martin Amis), monologuista antipático al timón de una elocuente escritura, descarnada y arrogante.

Baltimore, atroz hogar de The Wire, examinada desde diferentes ángulos en la interesante obra colectiva THE WIRE, 10 DOSIS DE LA MEJOR SERIE DE TELEVISIÓN, acoge también a la familia retratada en REUNIÓN EN EL RESTAURANTE NOSTALGIA (Anne Tyler), melancólico viaje a través de las décadas por las infelicidades cotidianas y los conflictos generacionales.

En los ojos de una niña desfila el universo sórdido y cruel descrito por Rosa Montero en BELLA y OSCURA, reafirmación de la pasión de la autora por la escritura, aunque proclive a la exageración descriptiva de personajes y precipitada en su desenlace. Para un público joven se desvía Ian McEwan de sus tramas profundas en EN LAS NUBES, entrañables episodios imaginativos de un singular niño con la asombrosa capacidad de abstraerse de una realidad menos divertida.

LA VIDA PARA PRINCIPIANTES, UN DICCIONARIO INTEMPORAL (Slawomir Mrozek) culmina con sus anecdóticos e irónicos ejemplos de conceptos universales un mes, como todos, dedicado a la evasiva devoción por las lecturas.

jueves, 13 de marzo de 2014

HORNBY & ME


Si tuviera que escoger un escritor con el que sentarme a charlar, con una Guinness delante y buena música de fondo al volumen ideal que nos permitiese hablar sin elevar la voz, ese sería Nick Hornby. Aprecio una especial cercanía entre nosotros, un vínculo que traza la pasión que compartimos por el rock y todas (o casi todas) sus variantes. De rock ‘n’ roll hablaríamos sobre todo. La conversación empezaría a media mañana y terminaría cuando el dueño del pub (en Londres, desde luego) nos invitase a marcharnos a casa.

De Hornby he leído todas sus novelas y algún ensayo o colección de textos en distintos momentos de mi vida, en castellano unas y en inglés otras. Tiene obras maravillosas (Alta fidelidad, Un niño grande), estupendas (Juliet, desnuda), divertidas (Fiebre en las gradas), correctas (Cómo ser buenos), irregulares (En picado) y también discretas (Todo por mi chica). Entre las virtudes que atesora su narración y su escritura, me gusta mucho el tono distendido, ligero si se quiere y a veces humorístico, con el que trata asuntos serios o preocupantes; es una desdramatización que no encuentro frívola, sino comprensible y entrañable.

Una de sus obras paralelas es una recopilación de los escritos sobre literatura que publicó para la revista The Believer entre septiembre de 2003 y junio de 2006 bajo el título The Polysyllabic Spree. En cada mes menciona los libros que compra y los que lee, alude a sus argumentos, enjuicia a sus autores y transmite lo que a él le dijeron esos libros en el momento de su vida en que los leía. La colección es, como indica su subtítulo, “el diario de un a veces exasperado pero siempre ilusionado lector”.

Tomando prestada su idea, me propongo, para dejar constancia de una fiebre compartida (no en las gradas sino en las páginas), publicar en este cómodo soporte mi personal y más bien modesta tarjeta mensual de lecturas, mi propio pollysyllabic spree.

domingo, 23 de febrero de 2014

LIBRERÍAS SIN LIBROS


Lo que duele es la extinción, ver las estanterías vacías y la entrada con candado. Libros los seguiremos teniendo al alcance, menos mal, en grandes superficies, cadenas de tiendas especializas, librerías de supervivientes, pacientes bibliotecas y bazares de segunda mano que resisten el dolor de huesos. Pero poco a poco se van marchando.

En menos de un mes cierran dos librerías en mi ciudad: en una se jubilan los dueños y parece que no hay herencia en el negocio, en el placer de vender libros; en la otra la baja facturación obliga a bajar la verja para no volver a levantarla. En el periódico veíamos a los empleados retirar libros de los estantes y guardarlos en cajas de cartón. Las dos llevaban mucho tiempo en pie. Apuesto a que todos hemos comprado al menos una novela, un libro de texto o un cuaderno en estos lugares que ahora serán solares de polvo y recuerdos.

Las letras se exilian, mientras yo quiero palparlas y olerlas, darles un abrazo mientras paseo al perro y me siento ante una puesta de sol.

jueves, 6 de febrero de 2014

CORRER… EL PLACER DE CORRER Y DE NARRAR

Mi primer contacto con Jean Echenoz es a través de Emil Zátopek, el asombroso fondista checoslovaco, uno de los tres personajes reales en los que el escritor francés ha basado un puñado de sus novelas. En Correr, Echenoz reconstruye a modo de gran y veloz reportaje la trayectoria deportiva de Zátopek, ese entrañable hombrecillo al que tanto le gustaba correr, que nunca se cansaba, que pulverizaba las marcas de 5.000 y 10.000 metros y ganaba los maratones, que avanzaba al mismo ritmo, infatigable, como un titán asombrando a rivales y aficionados, y al que el comunismo utilizó como arma propagandística a mediados del siglo pasado sin que él nunca lo desease, sin que en el fondo le incumbiese. Con tal de que pudiese seguir corriendo, corriendo.
La simpatía por Zátopek, la Locomotora checa, la transmite Echenoz con un retrato conciso del atleta, quizá algo carente de profundidad, aunque en absoluto reprochable, y mediante un ejemplar ritmo narrativo, como si cada capítulo fuera una carrera que avanza intensa y sin descanso hacia la línea de meta. También se gana el lector el cariño por el personaje al prevalecer en el relato la pasión de Emil por su deporte y quedar manifiesta su indiferencia hacia los regímenes políticos de su tiempo. El país lo convirtió en coronel y en héroe nacional, pero cuando se mostró partidario de la apertura de Checoslovaquia a las libertades que se daban en la Europa occidental fue expulsado del partido comunista y del ejército y humillado. Cuando lo único que pretendía era correr y correr.

martes, 21 de enero de 2014

TOM WOLFE, EL REPORTAJE Y EL ESTILO


Le voy cogiendo el punto a Tom Wolfe. Hace unos cuantos años me sumergí en la crónica psicotrópica que es Ponche de ácido lisérgico y acabé exhausto, como si me faltara el aire después de haber flotado sobre el paisaje psicodélico que describen sus páginas con florituras estilísticas, lenguaje sincopado y bucles y expresiones irritantes o imposibles. Wolfe, cronista perspicaz, dandy ácido y cínico, reportero paladín del Nuevo Periodismo que tanto escandalizó a los narradores clasistas a finales de los sesenta, es un caprichoso autor que retuerce a su antojo la escritura y suele reventar los cánones narrativos de costumbre. Con sus pocas novelas aún no me he atrevido, pero sí con algunos de sus relatos contemporáneos nada ficticios de la realidad norteamericana, como los recogidas en la colección La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop.


Este compendio de escritos publicados en distintas revistas a finales de los años sesenta se adentra en el universo extravagante de Hugh Hefner, el elitista coleccionismo de arte en New York, las comunas hippies, el pijerío británico, la burbuja de estudiosos sociológicos o los hoteles de la Gran Manzana. La colección revela a una sociedad occidental desorientada y en busca de su propia identidad, diseccionada por un autor puñetero que hace de la ironía y la inmodestia sus armas más brutales.