jueves, 6 de febrero de 2014

CORRER… EL PLACER DE CORRER Y DE NARRAR

Mi primer contacto con Jean Echenoz es a través de Emil Zátopek, el asombroso fondista checoslovaco, uno de los tres personajes reales en los que el escritor francés ha basado un puñado de sus novelas. En Correr, Echenoz reconstruye a modo de gran y veloz reportaje la trayectoria deportiva de Zátopek, ese entrañable hombrecillo al que tanto le gustaba correr, que nunca se cansaba, que pulverizaba las marcas de 5.000 y 10.000 metros y ganaba los maratones, que avanzaba al mismo ritmo, infatigable, como un titán asombrando a rivales y aficionados, y al que el comunismo utilizó como arma propagandística a mediados del siglo pasado sin que él nunca lo desease, sin que en el fondo le incumbiese. Con tal de que pudiese seguir corriendo, corriendo.
La simpatía por Zátopek, la Locomotora checa, la transmite Echenoz con un retrato conciso del atleta, quizá algo carente de profundidad, aunque en absoluto reprochable, y mediante un ejemplar ritmo narrativo, como si cada capítulo fuera una carrera que avanza intensa y sin descanso hacia la línea de meta. También se gana el lector el cariño por el personaje al prevalecer en el relato la pasión de Emil por su deporte y quedar manifiesta su indiferencia hacia los regímenes políticos de su tiempo. El país lo convirtió en coronel y en héroe nacional, pero cuando se mostró partidario de la apertura de Checoslovaquia a las libertades que se daban en la Europa occidental fue expulsado del partido comunista y del ejército y humillado. Cuando lo único que pretendía era correr y correr.

martes, 21 de enero de 2014

TOM WOLFE, EL REPORTAJE Y EL ESTILO


Le voy cogiendo el punto a Tom Wolfe. Hace unos cuantos años me sumergí en la crónica psicotrópica que es Ponche de ácido lisérgico y acabé exhausto, como si me faltara el aire después de haber flotado sobre el paisaje psicodélico que describen sus páginas con florituras estilísticas, lenguaje sincopado y bucles y expresiones irritantes o imposibles. Wolfe, cronista perspicaz, dandy ácido y cínico, reportero paladín del Nuevo Periodismo que tanto escandalizó a los narradores clasistas a finales de los sesenta, es un caprichoso autor que retuerce a su antojo la escritura y suele reventar los cánones narrativos de costumbre. Con sus pocas novelas aún no me he atrevido, pero sí con algunos de sus relatos contemporáneos nada ficticios de la realidad norteamericana, como los recogidas en la colección La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop.


Este compendio de escritos publicados en distintas revistas a finales de los años sesenta se adentra en el universo extravagante de Hugh Hefner, el elitista coleccionismo de arte en New York, las comunas hippies, el pijerío británico, la burbuja de estudiosos sociológicos o los hoteles de la Gran Manzana. La colección revela a una sociedad occidental desorientada y en busca de su propia identidad, diseccionada por un autor puñetero que hace de la ironía y la inmodestia sus armas más brutales.

martes, 24 de diciembre de 2013

ESTE AÑO HE LEÍDO MÁS QUE NUNCA


Este año he leído más que nunca. Los libros son una droga revitalizante que no te arruina. Los guardas sin necesidad de llevártelos de inmediato a las venas, pueden reposar años en las estanterías hasta que les encuentres el momento de abrirlos bajo la lámpara y aspirar el olor de sus páginas, de que te acompañen y sean parte de ti antes de devolverlos al mueble.

76 libros y muchos relatos, he perdido la cuenta. 60 autores diferentes (relatos y libros con firma colectiva aparte): 20 de USA, 10 ingleses, 8 españoles, 4 franceses, 2 irlandeses, 2 polacos, 2 alemanes, 2 austríacos, 2 italianos, 1 escocés,  peruano, 1 mexicano, 1 argentino, 1 chino, 1 sudafricano, 1 húngaro, 1 belga y 1 checo.

En lo alto, Scott Fitzgerald (Hermosos y malditos), justo por encima de Jonathan Coe (La lluvia antes de caer) y Julian Barnes (El sentido de un final). Días de lectura que se van, libros que llegarán.

jueves, 5 de diciembre de 2013

GAY TALESE Y EL ACTO/ARTE DE CONTAR


La pluma de Gay Talese traza lo que atrapa el visor selectivo de su rifle. Se queda con el detalle, el gesto sencillo y a veces imperceptible. Se detiene en personas corrientes y seres anónimos, en deportistas que pierden y héroes secundarios… o falsos héroes cuando se quitan el traje de faena, cuando salen de escena y se retiran del cuadrilátero. Escarba en alguien para traer al frente lo que está escondido, con lo que define su forma de ser y su comportamiento.

Las crónicas y reportajes de Gay Talese en la prensa americana dieron lustre al Nuevo Periodismo. No inventó nada, simplemente contaba lo que antes casi nadie contaba, tocaba la piel de los hechos y personas con el adorno justo para transmitir sus emociones. Entraba en un microcosmos para compartir sus menudeces y darles importancia. Para su novela Honrarás a tu padre convivió con la mafia e hizo comprender a sus capos, a sus señoras e hijos. Penetró tanto en sus rutinas que evitó enjuiciar sus reprochables actividades. Un repaso a sus Retratos y encuentros muestran a un informador curioso y atento, un descriptor pertinaz. Su estilo ágil y cercano ayuda a empatizar con los seres reales que acompaña: Sinatra, Ali, Joe Louis, DiMaggio, un redactor de obituarios…

Quienes nos pasamos los días convirtiendo el acto de escribir en el servicio de informar debemos marcar muy claramente la frontera que distancia los hechos simples y fríos de los relatos cálidos y adornados. Quisiéramos desnudar dioses y descubrir paraísos perdidos, pero nos debemos conformar con detallar una investigación judicial, cubrir un congreso o un claustro universitario, cuando no recogemos las denuncias que un político hace por lo que el Gobierno dicta y que antes él no dudaba en hacer cuando estaba en el poder. A veces, los géneros comunicativos nos dejan ciertas libertades narrativas y estilísticas que iluminan nuestro trabajo, mientras la mejor literatura la escribimos en nuestra desbordante imaginación.

domingo, 24 de noviembre de 2013

DOS MILLER


Te das cuenta, cuanto más lees, de todo cuanto aún te queda por leer. Las novelas cortas me acercan al umbral de ese pelotón inabarcable en el que me esperan los autores que aún no me he llevado a la boca. Tener buena parte de sus obras al alcance hace excitante el acto mismo de sumergirse en sus lecturas, de probar el agua con la punta de los pies y, si la temperatura es agradable, animarse a llegar hasta la cintura y quizá, con el tiempo, mojarse el cuerpo entero con obras de más volumen, más profundas. Mis últimas incursiones literarias se detuvieron en dos Miller, Henry y Arthur, autores de los que te sabes unas cuantas cosas de sus vidas y obras pero que tardas en entrar en ellas.

De Henry Miller escogí Días tranquilos en Clichy, el encargo que le hizo un erotómano estadounidense, un relato breve sobre las correrías sexuales del protagonista, ese Miller/Joey insaciable y con los bolsillos vacíos por las calles fantasmales de un bohemio París de otro tiempo. Sucio, seco y desalmado en las descripciones, pero con las huellas grises de una añoranza poética en sus evocaciones. Intuyo que en otro momento de mi vida, allá cuando pocas veces has pisado la alcoba, lo habría encontrado excitante y hasta idealista. Pero no ahora.

De Arthur Miller abrí las páginas de Una chica cualquiera. La celebridad la alcanzó con su obra de teatro (Muerte de un viajante, Las brujas de Salem…) pero mi primer chapuzón me lo he dado con esta novela corta escrita en 1992 que se despacha en una hora, el mustio retrato de una mujer del montón que recuerda por qué de sus 61 años de vida tuvo 14 buenos y el resto vacíos. El activismo político de Miller aparece aquí rebajado, acaso arrojado en pinceladas para rebajar a la mediocridad las ambiciones grandilocuentes que los izquierdistas radicales en los años treinta y cuarenta. En el fondo todos queremos ser felices, “¿por qué no tomando lo que se nos ofrece, pidiéndolo si no se nos ofrece y sin lamentar nunca nada?”.

jueves, 14 de noviembre de 2013

DOS TRAGOS DE JOSEPH ROTH


"El plebeyo es ambicioso, el hombre verdaderamente noble es anónimo. En la nobleza innata existe una fuerza que es mayor que la luz que irradia la fama, mayor que el brillo del éxito, que el poder del que vence.”
El triunfo de la belleza

La cita más o menos periódica con la biblioteca me permite ir tachando nombres y novelas de la lista de autores y libros pendientes. Quería entrar en Joseph Roth hacía tiempo y antes de decidirme por su última y más recordada obra, La leyenda del santo bebedor, me lancé de nuevo a la tentadora colección de novelas breves que ofrece la editorial Acantilado. Al azar escogí El triunfo de la belleza y Jefe de servicios Fallmerayer.

De Joseph Roth sabía de su autodestructivo final, ahogado en alcohol y enfermedad, de su carrera militar y de la fría precisión con que su lenguaje describía acciones desesperadas o estados límite. Sumergirme por primera vez en sus relatos me ha desvelado a un autor sin compasión con sus perdedores, a quienes prefiere no juzgar mientras los acompaña hacia su deriva.

En estos libros breves, en parte inspirados por situaciones reales que le afectaban muy de cerca, como la enfermedad de su esposa, Roth se muestra como un misógino rencoroso que lleva al hombre a una perdición amorosa que primero lo quema y después lo anula o que lo elimina directamente. Peleles sin brújula, sus hombres caen presos del encanto repentino de sus obsesiones. La tragedia que los liquida anticipa la propia consumación de este amargo autor.

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA COLÓN



El que resiste vence, creen algunos. Según… La Colón, entrañable librería de este y de otro tiempo, resiste. A la huida de lectores, a los bolsillos vacíos, a los alquileres por los cielos, a la hostelería que la esconde. En fin, se trata de resistir. Y de momento, ahí está, viva en una nueva calle, con la puerta abierta y ahora con un café al fondo, mientras lees un libro. Y todavía hay lectores y clientes fieles.

Allí, en la calle Real, compre mis primeros libros de cine y de música, recorrí hasta el alto techo las viejas estanterías de madera con sus libros ordenados por editorial. Los Cátedra para el bachillerato, los Anagrama de Narrativas, después los Compactos, Tusquets, Taschen… Las chicas que allí trabajaban me recomendaban libros o yo les pedía consejo. Compraba o regalaba. En la calle Olmos siguió la tradición en menos espacio. Menos oferta pero más selecta. Cambiaba el escaparate cada semana, se hacía temático, y una vez llegó a pasar allí la noche una mujer leyendo, ajena al paso de los viandantes. Yo seguía comprando, encargando, leyendo, entrando a mirar las novedades o a escuchar las conversaciones, a oír a las hermanas hablar de libros, de sus últimas lecturas.

Y seguiré en San Andrés, en la Nova Colón. La Colón. En busca de un libro.