martes, 24 de julio de 2018

BANVILLE EN TRANCE

Con 28 años, en una de sus primeras novelas, John Banville trataba las palabras con gasas y pinzas, con la precisión de un meticuloso artista entregado al placentero oficio de la evocación durante años y años, envueltas en una atmósfera flotante de ensueño que tres y cuatro décadas después se apoderaría de las obras que premiaron al novelista irlandés con el reconocimiento de los maestros de las letras. Un maestro exquisito. Sus frases reviven instantes enterrados, dan vida a emociones perdidas o muertas, desnudan un sabor en el paladar, el silencio en la soledad, con una lucidez escalofriante. Traducida al castellano por primera vez el año pasado, Regreso a Birchwood es una obra mayor que anticipa otros trabajos grandes. Recuerdos que llaman y el maldito tiempo. Decir más no tiene sentido frente a la estilosa claridad de sus palabras.


A menudo, ahora, ya entrada la noche, o mientras trabajo en la casa los días de lluvia, percibo algo suave y persistente que me estruja, y con tristeza y alegría evoco esa escena, u otras como esa, inundadas de verano y silencio, otro mundo. Olvidando todo lo que sé, intento describir esas cosas, y solo entonces comprendo, de nuevo, que el pasado es incomunicable.

Esa fue la primera vez que probé la cerveza negra. Debo admitir que me pareció algo horrendo, pues de muchacho yo no era un gran bebedor, pero tomado allí, aquel brebaje negro y amargo, heraldo de una alegría descomedida y mordaz, me pareció, y todavía me parece, que transmitía el mismísimo sabor del país, esa pequeña y extraña tierra.

Escuchad, escuchad, si conozco mi mundo, cosa dudosa, pero si lo conozco, sé que es caótico, malvado y cruel, con leyes forjadas en moldes erróneos, una idea justa que salió mal, un lugar terrible, en resumen, y sin embargo, sin embargo sigue siendo un lugar suscepetible de esplendor en esos escasos momentos en los que irrumpe una pequeña luz, y algo queda sin explicar, sin perdonar, simplemente iluminado.


-Nos levantamos cada maldita mañana y por la noche nos vamos a dormir, y no hay nada que hacer. Creemos que estamos haciendo algo, que el mundo nos presta atención. Acabamos teniendo ardor de estómago, de tanto correr arriba y abajo, y seguimos sin hacer nada. Estamos hartos de nosotros mismo. Mira en tu corazón, muchacho, escúchalo. ¿Qué te dice? ¿Qué te enseña? Nada. Y eso es todo lo que aprenderás aquí. Repite conmigo. Nada.

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