
Porque
Bruce escribe de puño y letra, y se nota. Con
un discurso cercano y emocionante con el que se abre y se recrea en
intimidades personales (su distante y compleja relación con su
padre, sus episodios depresivos o con tendencia al aislamiento, su
cotidiana relación con su mujer y sus hijos) y profesionales (la
relación con sus músicos a lo largo de los años, la razón por la
que escribir canciones y cómo y con quién grabarlas, las
sensaciones sobre un escenario y con su público o lejos de ellos).
Su vida no tiene episodios truculentos ni sórdidos que despiertan el
morbo y la leyenda de las que se alimenta el rock and roll. ¿Para
qué? Bruce (siempre me dio esa impresión) es un tipo tirando a
normal con el don de transmitir la magia verdadera de las cuestiones
más convencionales a través de la música y empatizar con el
público como si fuera el más querido de los amigos, el
que nunca va a fallar.
Durante
mi lectura de sus memorias, he recuperado algunos discos de
Springsteen: unos nunca
perderán esa magia emocional (los tres primeros, Nebraska, Tunnel of
love, The rising, The Seeger Sessions) y otros resisten peor los años
cumplidos. Su obra, en la que nada desmerece, no es perfecta, pero no
es necesario que lo
sea. Ahí delante, en
vivo, sudoroso y visceral, el Jefe no tiene ni tendrá nunca rival.
Eso,
a los fans, no nos lo quitará nada.
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